Una mañana en mi gimnasio especial

 
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Gimnastas de la esperanza: sudor, sonrisas y gratitud en el camino rehabilitador

 Una mañana en mi gimnasio especial

31 enero 2026

- En la última sesión de fisioterapia rehabilitadora (séptima de este nuevo intento), en el Hospital Público que queda cerca de donde vivo, reviví, nuevamente, la maravillosa actitud de médicos, sanitarios y personal de servicio del departamento de Rehabilitación (cariño, templanza, amabilidad, atención esmerada y una enorme empatía hacia cada uno de los que allí convivimos en nuestras sesiones de una hora). No sé si podremos agradecerles alguna vez lo suficiente esa voluntad de servicio que veo en todos ellos.

- No obstante, lo más importante de esas sesiones sigue siendo, a mi juicio, que ese cordial comportamiento de los sanitarios se traslada a los mermados pacientes que acuden al gimnasio, contagiándolos de ese espíritu al grito de “no te rindas” y “prohibido decir no puedo”, “porque yo te ayudo”.

- Por otra parte, ver allí sonrientes a todos los compañeros sudando la gota gorda por superar las “enormes pruebas” (para ellos) a las que son sometidos, unos por subir tres enormes peldaños de escalera y bajar por una rampa, una y otra vez, nunca más de tres veces; otros andando tozudamente por el pasillito corto entre dos barandillas paralelas; y los más tumbados en una camilla, los del ictus, intentando mover cualquier parte de su cuerpo con la ayuda del especialista que no se separa, en ningún caso, de los sufridos “gimnastas” del espacio rehabilitador. Toda esa vista es un espectáculo que conmueve y enseña.

- El jueves, mientras andaba entre las paralelas y bien agarrado a ellas a la vez que arrastraba unas pesas en los pies, me detuve unos segundos a contemplar ese maravilloso espectáculo: no hay lamentos, hay sonrisas, hay caras felices a la vez que sudorosas, hay compañerismo, hay bromas con los sanitarios y entre los “gimnastas”. Y al final, como siempre, intento encontrar ese punto de optimismo que a todos nos debiera abrazar al ver el ejemplo que ellos nos ofrecen, y que podría resumirse en una buena frase: Gracias, vida, por dejarme llegar hasta aquí y de qué poco puedo quejarme si soy feliz con lo que tengo.

- Y, aun así, mientras avanzaba paso a paso, comprendí algo más profundo: que cada día que puedo seguir intentándolo es un regalo, que cada gesto de ayuda es una forma de luz y que cada pequeño logro, por humilde que sea, merece celebrarse. La vida, con sus límites y sus sorpresas, sigue ofreciéndome motivos para seguir adelante, para agradecer lo que permanece y para abrazar lo que llega. Por eso, hoy más que nunca, repito en silencio y con serenidad: gracias, vida, por seguir enseñándome a vivir.

Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com
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