Cuando padres y profesores observan que en clase un alumno entrecierra los ojos frente al tablero, se pega a la pantalla, se cansa rápido tras hacer tareas o evita actividades que implican mirar de lejos, la primera idea para entender lo que pasa suele asociarse a la falta de concentración. Sin embargo, la razón real puede ser otra: el niño no está viendo bien.
La miopía infantil actual se desarrolla en un entorno muy distinto al de generaciones anteriores. Los niños pasan hoy más tiempo en actividades de visión próxima, utilizan dispositivos electrónicos desde edades muy tempranas, permanecen extensos periodos en espacios cerrados y se exponen menos a la luz natural, reduciendo la actividad física al aire libre. Esta combinación acelera el desarrollo y la progresión de este defecto visual.
“Los padres pueden confundir algunas señales de una dificultad visual con problemas de atención”, advierte Paola Andrea Torres Casiano, docente del programa de Optometría de la Fundación Universitaria del Área Andina de Bogotá.
Los menores suelen adaptarse a determinados defectos visuales sin expresar claramente lo que les ocurre. Además, algunas alteraciones pueden aparecer desde los primeros meses de vida, cuando todavía no tienen la capacidad verbal para explicar que existe un problema.
“Una valoración optométrica oportuna permite detectar y controlar posibles alteraciones visuales”, explica Torres Casiano. Identificar una miopía durante la infancia permite hacer un seguimiento a su evolución, evitando que una condición no tratada incremente el riesgo de complicaciones oculares en la vida adulta.
Mitos comunes y soluciones clínicas
Frente al diagnóstico, los especialistas desmontan una creencia muy frecuente: las gafas no hacen que la miopía aumente. Su función es corregir el defecto y permitir que el niño vea adecuadamente. La clave está en utilizarlas de manera constante y mantener las revisiones periódicas con el optómetra.
En centros de salud visual como la Clínica de Optometría de Areandina, el abordaje se centra en la detección temprana, el seguimiento de la progresión y la educación en hábitos. Según el caso, los especialistas pueden prescribir desde gafas convencionales y lentes de contacto especializados hasta lentes de control de miopía para frenar la velocidad de progresión.
Guía rápida: ¿qué pueden hacer los padres desde hoy?
Para proteger la salud visual de los menores en casa, los especialistas aconsejan adoptar tres hábitos clave:
1. Tiempo al aire libre: favorecer la exposición diaria a la luz natural y la actividad física en espacios abiertos.
2. Iluminación adecuada: velar por una buena luz al momento de leer, escribir o usar pantallas en casa.
3. Regla 20-20-20: por cada 20 minutos de trabajo en visión próxima (pantallas o cuadernos), incentivar al niño a mirar durante 20 segundos hacia un punto ubicado a unos seis metros de distancia.
La próxima vez que un niño se acerque demasiado al cuaderno o parezca distraído con sus tareas, la pregunta no debería ser “¿por qué no está poniendo atención?”, sino una mucho más determinante para su desarrollo: “¿será que no está viendo bien?”