Y bien putas, de esas que rememora el escritor Eduardo Galeano en su libro “Los hijos de los días”, en la página correspondiente a febrero 17 bajo el titulo el festejo que no fue. La historia es la siguiente: “Los peones de los campos de la Patagonia argentina se habían alzado en huelga, contra los salarios cortísimos y las jornadas larguísimas, y el ejército se ocupó de restablecer el orden. Fusilar cansa. En esta noche de 1922, los soldados, exhaustos de tanto matar, fueron al prostíbulo del puerto San Julián, a recibir su merecida recompensa. Pero las cinco mujeres que allí trabajaban les cerraron la puerta en las narices y los corrieron al grito de “asesinos, asesinos, fuera de aquí…”. Osvaldo Bayer ha guardado sus nombres. Ellas se llamaban Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster. Las putas. Las dignas”.
Y por eso busco putas que me ayuden a entender el sentido de la dignidad en una patria y en un continente donde acostarse con los poderosos y follarlos es signo inequívoco de prosperidad y éxito o, como le llaman algunos que se están convirtiendo en mayorías, bendiciones de un dios que aprueba sus actos de corrupción y pillaje. Busco putas que protesten y que prefieran el hambre a la mancilla de copular con quienes han asesinado a los suyos, putas que griten el estado de miseria de su gente, de sus obreros, de sus trabajadores salidos de sus entrañas y que rara vez tienen conciencia de su existencia.
Busco putas que, como las de Galeano, expulsen sus demonios mediante actos de dignidad. Porque las hay de otra laya, las que sin serlo se acuestan con quienes matan a los hijos del pueblo con sus actos atroces y corruptos mientras llenan sus alforjas sin que nada les importe el destino colectivo. Conozco a una empresaria que compra conciencias de alcaldes, concejales y funcionarios llevando en su mano derecha una biblia y en su izquierda la coima que compra conciencias; puta que genera muertes de niños y ancianos pues su firma garantiza la impunidad en el descarado robo del erario que impediría la agonía lenta e inexorable que en sus cuerpos causa el hambre y la falta de pan. Le llama bendiciones sintiéndose una enviada de dios, mientras crece su hacienda, mientras sus lujos le permiten sostener la miseria existencial de sus hijos colmados de dinero mal habido. Puta que mata con sus actos y su arrogancia, puta que roba al niño, al anciano y al desvalido asegurando y permitiendo así una patria sangrienta y rodeada de dolor.
Esa puta no me interesa. Únicamente sirve para la cama, para el derroche existencial de la carne y los sentidos. Putas como Consuelo, Ángela, Amalia, María y Maud son quienes nos permiten entender que la puteria no se da en la cama si no en la sociedad, en las empresas, en los cargos públicos, en el empleo oficial que te vuelve servil y puta al servicio de intereses ajenos y asesinos. Son esas las putas que se acuestan con el mejor postor, con los soldados asesinos del régimen, con los intereses egoístas de quien únicamente persigue su provecho personal.
Estas putas que Galeano nos trae a memoria harían una revolución sin necesidad de sindicatos o protestas, valiéndose únicamente del sentido de la dignidad. En Colombia las putas-putas están en los sindicatos, en las cofradías, en la empresa privada, en el sector oficial, en la hacienda pública. Putas impúdicas que nada les importa acostarse y copular con aquellos que asesinaron a su gente, a su pueblo y a su esperanza de redención. Que falta que nos hacen esas putas que nos ayuden a gritar, a sentir, a expulsar demonios de nuestro mundo. “Las putas. Las dignas….”.
Pablo Emilio Obando Acosta
peobando@gmail.com