10 julio 2017
– No sabía cómo sentirlo más y mejor, yo estaba acurrucado detrás del pilar de la estación más cercano a la escalera. Fuera del porche de pasajeros en espera, caía una especie de cruel, perversa y bella, aguanieve que no dejaba espacio al calor más necesario para sobrevivir en aquel mundo nuevo. Sentía ese adorable placer de algo muy nuevo.
– Yo tenía diecisiete y ella … no sé, quizás diecinueve. Me miraba mientras tapaba sus hoyuelos y casi toda su morena faz, detrás de una bucólica bufanda color hueso y un coqueto gorro siberiano, también de color hueso, crudo.
– Yo también la miré, pero cuando ella me devolvía la mirada yo la bajaba rápidamente no fuera a creerse que la estaba mirando …
– De pronto vi como se acercaba hacia mi, brazos cruzados sobre el pecho y mirada al frente, muy segura. Empezaron a temblarme las piernas y empecé a creer que estaba a punto de ser ejecutado como en las películas de las guerras europeas donde los malos fusilan a los buenos por defender el amor a lo justo. Pero no, no me fusiló, se paró ante mi y me dijo en tono sensualmente preguntón: ¿Sabes a qué hora pasa el tren, (Cercanías), a Barcelona?
– No supe reaccionar de inmediato, claro, estaba felizmente impresionado, pero finalmente pude decir con tono de aspirante al hombre de la vida de una niña tan adorable como ella parecía … “faltan diez minutos” … y entonces ella me dijo: “Permites que te abrace, tengo mucho frío y no me encuentro bien“. Mi espalda, mis brazos … toda mi piel, sentían ese adorable placer de algo muy nuevo, profundamente bello, sensual, e inocente.
– Seis años más tarde nos casamos para estar unidos hasta la eternidad.
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com