16 diciembre 2025
- Llega la Navidad y parece como si el mundo se hiciera pequeño, íntimo, amable, nostálgico.
- No sé muy bien por qué, pero un mar de lágrimas, húmedas y silenciosas, se desliza por mis mejillas mientras recorro la ciudad y contemplo un árbol iluminado, un incansable Papá Noel que no cesa en su empeño de recoger todas las cartas de ese mundo feliz de los inocentes jovencitos que se colocan junto a él para que su padre les haga una foto que guardarán como un tesoro toda la vida.
- Cada instante en que una imagen, una cita, una película (de esas que, dada mi escasa capacidad de moverme, ya solo puedo ver por televisión), despierta en mí un cosquilleo, como hormigas recorriendo mis viejos brazos manchados por el tiempo, brazos que algún día me darán un susto, como nos dicen a todos los que ya estamos en eso de “es que usted ya tiene una edad”.
- Sueño con ese momento en que, cada año, cuando los tenemos a todos con nosotros, evoco aquella otra era en que era yo el impaciente por descubrir qué habían preparado los abuelos o la cocinera familiar de turno para la fiesta. Lloro sin soltar lágrima alguna, no sé si escucho aquello de “cariño, no comas más que vas a subir al cielo como un globo”, pero ese día nadie se atreve a llamarnos la atención. Al contrario, pequeños y mayores se desviven por halagarnos con frases como “prueba esto que ha hecho tu nieta para ti” o “Papá, he traído ese vino que tanto te gusta”, y, cómo no, el esperado anuncio de… ¡¡¡y ahora los dulces!!!
- Pero, sin duda, lo mejor es la cantidad de conversaciones cruzadas que se repiten de un lado al otro de la mesa como si no hubiera fin del mundo. Todos hablan, ríen, comen, cuentan sus cosas… todos te abrazan y se abrazan. Y es entonces, justo entonces, cuando el Espíritu de la Navidad se apodera de mí, de nosotros, de todos nosotros, y nos sorprenden las cinco, las seis, las siete y hasta las once. La Felicidad, sentirla, nos hace felices. Y siempre me surge la misma pregunta, desde que recuerdo haberla celebrado: “¿Tan difícil sería conseguir que para el mundo entero siempre fuera el Día de Navidad?”
- Y cuando la noche se apaga y las luces del árbol titilan como estrellas cansadas, me quedaré en silencio, abrazado a la certeza de que este día no muere: se queda latiendo en cada recuerdo, en cada risa compartida, en cada abrazo que nos sostuvo. Navidad se despedirá, pero dejará su huella como cada año: un latido que nos recuerda que la vida, cuando se celebra juntos, es siempre un milagro.
Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com