La angustia de poseer

 
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“El sirviente recogió la pala y cavó una tumba en la que Pajóm cupiera y allí lo enterró. Dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesitaba”.

La angustia de poseer

Tolstoi





Tolstoi retrata a la humanidad en su memorable cuento “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”. El campesino Pajóm es cada uno de nosotros en su angustia de poseer cada día más. Y si bien ayer el valor supremo era la tierra, hoy esa ansiedad se refleja en los infinitos bienes con los que el capitalismo nos acecha. Y la renta, la palabra que aflora en los labios de los hombres cada vez que desean dar por sentado su felicidad y prosperidad.

Nos atormenta la angustia de tener, de poseer, de ser dueños de todo cuanto admita un título de propiedad. Somos el reflejo del ambiciosos Pajóm que trocó su reino de paz y tranquilidad por la insana posesión de cientos y de miles de fanegadas de tierra. Nos habita un Pajóm en cada deseo de riqueza pues, inexorablemente, descubriremos que se puede poseer más, que se puede acumular mayores ganancias así se pierda la sonrisa de una familia o la tranquilidad de unas tortillas con un vaso de sidra.

Leer a Tolstoi en este cuento visionario y existencialista es encontrarse cara a cara con la miseria humana, con sus ansias de éxito desbordado y descontrolado, con su ambición de poseer mucho más de lo que realmente se necesita y requiere para vivir y existir. Todo lo sacrificamos por las posesiones materiales que, en realidad, jamás son nuestras en su totalidad. Y eso lo vemos cotidianamente, en el rostro de esa sencilla y humilde maestra que en su ánimo de poseer riquezas y reconocimiento a su perseverancia adquiere con gran esfuerzo una casa o un apartamento que le permita disfrutar de una renta en sus años de vejez. Y la vemos desencajada y demacrada cuando una vez alcanzado su sueño, también lo pierde por la sencilla razón que ahora debe preocuparse por cobrar la mensualidad o estipendio, por mantener al día los impuestos, por llegar a la fecha exacta de cobro y no sentir en su rostro ni en su corazón la amargura de un aplazamiento en su paga. Sus pequeñas preocupaciones ahora son grandes, pues ya no come, ya no duerme, ya no puede sentarse a ver la salida del sol y mucho menos gozar de un té o un café con los suyos. Ahora en su pecho alberga la sensación de vacío, de tristeza, de soledad, de frustración y amargura. Es ella el renacer de Pajóm en su expresión de dolor.

Lo mismo ocurre con ese empresario que inicia su caminar apenas sale el sol. Mira el horizonte, otea las distancias y siente que puede más, que otro esfuerzo le permitirá abarcar la usura que lo hará feliz y poderoso. Pero, como el personaje de Tolstoi, siempre querrá más, deseará que el día se extienda para aumentar sus ingresos y acariciar suavemente la ganancia del día. En su rostro se dibuja la desgracia de la ambición, de esa insana sospecha de que alguien lo engaña o lo roba, de que más allá de sus sentidos requiere de ojos extraños para controlar el tintinear de sus monedas en la distancia. Tampoco duerme y como Pajóm siente que su pecho arde ante la sola sospecha de que sus empleados holgazanean en charlas y sonrisas. Nada colma sus deseos, quiere siempre aprisionar el horizonte económico hasta que, vencido y humillado, termina exhausto y con la rara sensación de que su vida fue una equivocación y un extravió. A su alrededor ríe el diablo mientras su carne descompuesta yace en los dos metros de tierra que su suerte abonó.

Pajóm está en nosotros en cada ambición. No ha muerto del todo para los hombres pues nos habita constantemente en el deseo de riqueza y progreso. Lo queremos todo a costa de nuestra propia vida y felicidad; ese carro que miramos extasiados en la vitrina y que nos quita el sueño y que no nos dejará dormir tranquilamente hasta que lo tengamos en nuestro garaje. Inútil ostentación que nos abre el abismo del sistema financiero, que pagaremos con la misma sangre del campesino de Tolstoi y que culminará con la sorna del diablo que nos acaricia en su deseo.

Somos Pajóm, el diablo y la tierra. El mismo sueño que se dibuja en el horizonte con distintas visiones y lisonjas. La riqueza que se escurre en nuestras manos creyendo ser sus dueños. Bastante castigo tienen los comerciantes que pasan su vida tras un mostrador a cambio de monedas y tintineos. Hasta que llegue el gran día y nos encontremos como Pajóm, desnudos y fríos, tendidos en la simple tierra que nunca pudimos abarcar, abrazados por dos metros de tierra y la sonrisa socarrona del diablo mientras nos señala con su dedo y nos hace entender tardíamente que Dos metros de tierra, de la cabeza a los pies, era todo lo que necesitábamos…..”-


Fuente: tomasini-bassols.com
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