El próximo brote epidémico que enfrente Colombia podría iniciar lejos de los grandes titulares: un caso aislado en un municipio remoto, un incremento inusual de consultas por fiebre o un resultado de laboratorio atípico. La diferencia entre contener una amenaza o enfrentar una crisis sanitaria depende de la capacidad del sistema para detectar estas señales a tiempo.
Así lo plantea el reciente ranking de desempeño territorial publicado por el Instituto Nacional de Salud (INS), el cual evaluó la capacidad de departamentos y distritos para vigilar eventos de interés en salud pública. Aunque el país alcanzó un promedio nacional de cumplimiento superior al 83 %, las brechas entre los territorios evidencian retos críticos en la preparación ante futuras emergencias sanitarias.
Para Paula Andrea Taborda Restrepo, nutricionista-dietista, candidata a doctora en Salud Pública y docente investigadora de la maestría en epidemiología de la Fundación Universitaria del Área Andina (sede Pereira), esta medición debe entenderse como un diagnóstico operativo clave.
"La vigilancia en salud pública no consiste únicamente en reportar casos. Es el sistema nervioso de la salud colectiva porque permite detectar patrones inusuales, activar alertas y tomar decisiones antes de que el daño sea irreversible", explica.
Inequidad informacional: el obstáculo en la Colombia rural
Un sistema epidemiológico eficiente requiere datos confiables de comunidades rurales, poblaciones indígenas y territorios dispersos. La falta de conectividad, la escasez de laboratorios y las barreras de acceso a pruebas diagnósticas en municipios alejados retrasan la notificación de enfermedades, generando un fenómeno conocido como inequidad informacional.
Al no contar con evidencia digital o epidemiológica de la magnitud real de sus problemas sanitarios, muchos territorios vulnerables terminan recibiendo menos recursos, profundizando la desigualdad en la atención.
A esta brecha se suman las nuevas amenazas derivadas del cambio climático, que altera la distribución geográfica de vectores transmisores de dengue, malaria, chikunguña y zika, exigiendo un enfoque de vigilancia integral entre salud humana, animal y ambiental.
Inteligencia artificial y nuevos retos epidemiológicos
A la par con los brotes infecciosos, el envejecimiento poblacional en Colombia ha provocado un aumento sostenido de enfermedades crónicas no transmisibles (como diabetes e hipertensión), obligando al sistema a responder a dos frentes simultáneos.
En este contexto, las herramientas basadas en inteligencia artificial (IA) representan una oportunidad para analizar volúmenes masivos de datos y predecir anomalías de forma temprana. No obstante, la especialista enfatiza en los riesgos de sesgo algorítmico:
"Si el sistema deja por fuera a comunidades rurales o poblaciones vulnerables, los algoritmos también aprenderán desde ese sesgo. La inteligencia artificial debe apoyar la toma de decisiones, pero nunca reemplazar el criterio epidemiológico ni el conocimiento de los territorios", afirma Taborda.
Comunicación del riesgo e inversión estratégica
Otro de los aprendizajes centrales dejados por la pandemia de COVID-19 fue la importancia de la comunicación pública. Combatir la desinformación es fundamental para mantener altas coberturas de vacunación y fortalecer la confianza ciudadana en el sistema de salud.
Frente a los resultados del ranking del INS, fortalecer la capacidad de respuesta requiere invertir en talento humano, infraestructura de laboratorios, sistemas interoperables y redes de vigilancia comunitaria.
"La vigilancia en salud pública no es un gasto técnico. Es una inversión que permite anticipar riesgos, orientar decisiones y proteger la vida antes de que una emergencia llegue a convertirse en noticia", concluye la docente investigadora.