Más de un centenar de niñas de Carmen de Bolívar, en Colombia, sufren en carne propia las consecuencias de una vacuna que hace mucho tiempo fue prohibida, censurada o descartada en muchos países. No deseo llover sobre lo mojado, pero considero oportuno recordar que en Colombia el periodista Julián Parra, de Nocturna RCN, en varios de sus programas lanzó la voz de alerta sobre los peligros de la Vacuna del Papiloma Humano en niñas de nueve años de edad. Expertos de diferentes disciplinas coincidieron en afirmar que sus componentes ofrecían riesgos para la salud y en consecuencia se hacía necesario un cese en su aplicación. Pero contrario a lo sugerido, en las diferentes instituciones educativas de Colombia se adelantaron jornadas de vacunación en niñas de nueve años. De nada sirvió el testimonio de niñas afectadas, el clamor de cientos de madres del mundo entero para que se suspenda, o por lo menos se declara una moratoria, en su aplicación.
La batalla del periodista Julián Parra encontró eco en algunos periodistas independientes y comprometidos con su labor. A todos los silenciaron con la displicencia o con la burla de sus colegas, pocos continuamos alertando y lanzando voces de inconformismo con esta política que empieza a mostrar sus verdaderos efectos en la población infantil. Escasos medios se atrevieron a difundir nuestras denuncias y, por el contrario, daban muestras de una “alianza comercial” con funcionarios y defensores de la Vacuna del Papiloma Humano. Sospechosamente la pauta aumentaba para algunos periodistas mientras a unos pocos informadores se les cerraban todas las puertas. Pero lo inevitable llegó y empezaron a aparecer victimas a las cuales se les dictaminaban enfermedades inexistentes tratando así de cubrir el sol con los dedos.
En Carmen de Bolívar, en un comienzo, treinta niñas sufren un cuadro clínico similar y a todas ellas se las conmina a un silencio. Los padres de familia, angustiados y desesperados, nos contactan para darnos a conocer sus casos y la indiferencia de los funcionarios del ministerio de salud que niegan rotundamente la incidencia de la VPH en sus trastornos. Inhumanamente se les niega atención médica y en algunos casos se muestra una indolencia absoluta “amontonando” hasta cinco niñas en una desvencijada camilla tratando así de minimizar las secuelas de sus padecimientos. Niñas que presentaban dificultad para caminar, dolores abdominales, desmayos repentinos y continuos y lo más grave parálisis en sus extremidades. Los funcionarios expresan que no es nada grave y atribuyen estos síntomas a causas diferentes: alimentos contaminados, sicosis colectiva, alucinógenos. Sospechosamente tratan de encubrir la similitud de un cuadro clínico y descartan sin conocimiento de causa a la VPH, defendiéndola y aun recomendándola para niñas que aún no han iniciado sus dosis.
En el mundo entero se han denunciado los efectos adversos de esta vacuna. Desde el 2009 se crea la AAVP en España, Asociación de Afectadas de la Vacuna del Papiloma, Alicia Castilla, su directora, es una de las primeras víctimas pues su hija sufre los efectos adversos viéndose conminada a una silla de ruedas. Desde entonces inicia una batalla titánica contra medios de comunicación, políticas públicas y centros hospitalarios que se empeñan en negar sistemáticamente los efectos adversos en el organismo de su pequeña hija. En otros países se excluye la vacuna y hasta se ordena dar a conocer los posibles efectos adversos entre la población que decida a pesar de todo aplicársela. Se comprueba una y otra vez que los componentes de la VPH la vuelven toxica y peligrosa, que el aluminio presente expone al riesgo de una intoxicación neuronal con secuelas de inmovilidad y pérdida de conocimiento, se sabe de niñas muertas y condenadas de por vida a una silla de ruedas.
En Colombia, a pesar de todo ello, se adquiere un voluminoso lote de esta vacuna y se empieza a vacunar a niñas de nueve años. Aparecen pequeñas afectadas que son remitidas a centros psiquiátricos, conminadas a padecer solitariamente los rigores de una enfermedad que nadie se atreve a diagnosticar. Y en sus casas, olvidadas e ignoradas, se marchitan lentamente hasta que la pena moral y la depresión las consume. Pero, en un cinismo que raya con la complicidad, funcionarios del ministerio de salud niegan reiteradamente que la vacuna tenga relación alguna con la grave situación de cientos de niñas en Colombia entera.
Solicitamos una vez más la moratoria en la aplicación de la VPH, la creación de un fondo de compensación para las afectadas y el reconocimiento del gobierno nacional en la equivocación de su política sanitaria en lo referente a esta vacuna. No nos extraña el silencio del congreso, de congresistas de derecha e izquierda, el callar de defensores de derechos humanos que no se compadecen del dolor de estas niñas y sus familias y reconocemos una vez más el valor civil y periodístico de Julián Parra que ha hecho de la palabra un compromiso ciudadano.
Imposible ignorar u ocultar tanto dolor. Y justamente de niñas de la misma edad que coinciden en síntomas y complicaciones médicas, todas ellas vacunadas contra el papiloma humano. No son niños, ni adultos, son niñas y ante eso no puede el gobierno y sus funcionarios continuar promoviendo jornadas de vacunación que comprometan la salud y la integridad de menores de edad. Y que a las afectadas se les brinden todos los medios para superar esta difícil página de su vida. Estamos con ellas bien vale la pena exponer la tranquilidad personal para clamar con ellas justicia y verdad.
PABLO EMILIO OBANDO ACOSTA
peobando@gmail.com