Estábamos observando el panorama, mirando descuidadamente las montañas del oriente mientras recordábamos algo que nos comentó hace no mucho alguien, cuando, aburridos, decidimos sintonizar algo en la tv para ver si había algo que valiera la pena. Al final, hastiados, decidimos ver una vieja cinta por nuestra cuenta para pasar el rato mientras leíamos uno de los folletines que guardo en un arcón.
Parece que la conjunción de una y otro dio por resultado una respuesta tan inesperada, que en un momento dado me hizo exclamar involuntariamente casi en un silbido un ¡Válgame el cielo! Y lo curioso es que pegado a lo primero me llegó otra respuesta.
Lo segundo, fue: que la rudeza de los viejos capitanes de barco no tenía nada de leyenda. Era verdaderamente proverbial. Porque aquellos marinos con esos galones tenían que lidiar con temperamentos muy salvajes, tan recios como mulas violentas encerradas en cuartos de posada. Verdaderos atajos de cabezas cuadradas. Aquellos capitanes eran personajes que no tenían las cabillas de adorno; para lidiar con una mula resabiada era necesario ser tanto o más cabeza cuadrada que ella…
Ello, tomando por base lo que nos despabiló, fue el punto que nos permitió comprender plenamente la palabra gallardía… y que su valor verdadero terminó hundido, totalmente, en el olvido. Los “valores” que posteriormente le otorgaron para los libros los eruditos (posteriores y ajenos), fueron acordes con ellos pero no con las razones que originaron las leyes que imperaron para ello primitivamente. Después y hoy, como en muchas cosas, la interpretación se ha definido solo por aproximación.