"¿Qué hace usted aquí? ¿Estuvo despierto toda la noche?", preguntó Francisco al guardia.
"Sí", contestó el soldado.
"¿Parado?", volvió a preguntar Francisco.
"Reemplacé a mi colega", explicó el soldado.
"¿No está cansado?", arremetió el Papa.
"Es mi deber Su Santidad, por su seguridad", argumentó el guardia.
El Papa lo miró y volvió a entrar al departamento para regresar un minuto después con una silla. "Por lo menos siéntese y descanse", le dijo.
Perplejo, el guardia contestó. "Lo siento, pero no puedo. Las reglas no lo permiten".
"¿Las reglas?", preguntó Francisco. "¿Ah, sí? Bueno, yo soy el Papa y le pido que se siente".
El guardia hizo caso. Y disfruto una medialuna y un vaso de jugo que Bergoglio le acercó con un "Buen apetito, hermano".