03 noviembre 2017
Vagaba por el Hospital, daba tumbos, y por primera o quizás segunda vez, nadie me llamaba la atención por pensar que llevaba dos copas de más. La inestimable ayuda de mi querida cachava y la de mi Santa, hacían el resto … “Por favor, por favor, pase usted primero …”. Parecía como si todo aquello que yo había practicado durante toda mi vida con los demás, ahora me era devuelto con la misma atención y amabilidad con que yo solía y suelo, hacerlo.
Sentir que tus brazos hacen más, mucho más, que tus piernas cuando necesitas decirle arriba a tu querido y corneado body, ver que no llegas al ascensor antes de que se cierren las puertas pero te alegras de que un alma salvadora te diga … “no sufra, no hay prisa, le esperamos”.
Por todo eso y por muchas cosas más, siempre que me pasa algo así, me doy cuenta de lo deprisa que se mueve el reloj de la vida. Ya no puedo subir, como hacia antes cuando venía del Colegio, los escalones de la casa de Padre Claret para poder abrazar cuanto antes a mi Madre, en los cincuenta. No, ya no puedo llegar a rematar ese córner que me lanzaba, a la medida, Pepín, ese prodigioso lateral izquierdo del equipo de fútbol de Cervezas Damm, en el sesenta y pocos. Ya no puedo saltar esos tres metros sin carrera cuando tenía once años, no me puedo fumar esa cajetilla larga de tabaco Jean como lo hacía a los diecisiete, ni tampoco puedo tomarme esos cinco Bacardí/Cola que me echaba al cuerpo en las fiestas de los sesenta y muchos …
– “Enrique, despierta, que te llama el médico, vamos cariño, verás como no es nada …” – ¿Nada?
Y no ha sido nada, solo dos horas más de mi calendario, dos de sueño. Lo dijo García Márquez: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla” … no es nada y es todo.
Fuente: etf1949.wordpress.com