3 marzo 2017
Subía montañas muy altas y atravesaba estepas y desiertos, arrasando poblados y cuarteles de todos los malos malísimos que se ponían al alcance de mi espada, pero, eso sí, sin sangre, como en las películas de príncipes, princesas y lacayos cachondos y orondos. Saltaba del caballo sin caerme y comía patas de cordero asado de un bocado, a lo bestia. Bebía vino como los Reyes de las películas de los 50, es decir, con copa de oro y dejando que el líquido rebosara por mi ropa, luego la copa se echaba al fuego, como hacen ahora los políticos que tienen cuentas en Suiza. De pronto un par de besos suaves y una voz en la penumbra que me susurra al oído: "Enrique, arriba, que vas a hacer tarde, tienes una cita a las ocho".
No me canso de repetirlo ... ¡ Qué aburrida es la realidad !
Fuente: etfreixes.blogspot.com.es