La merecida victoria de los eternos perdedores

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(elmundo.es) La fe nunca ha movido montañas. Pero es, como la poesía en el verso de Celaya, un arma cargada de futuro. Aunque jamás haya funcionado, la fe asegura que ese arma funcionará algún día y establecerá algún tipo de orden cósmico lo bastante sublime como para aunar dos conceptos antitéticos, la humanidad y la justicia. En materia de fe, no existe por estas latitudes un pueblo como el portugués. Hace ya casi mil años empezó a forjarse la profecía del Quinto Imperio, una epifanía cristiana de fraternidad universal tutelada por el alma portuguesa. El retorno del gran rey Sebastiao, desaparecido en Marruecos, se espera desde hace quinientos. Se trata de lírica, de acuerdo: no es poca cosa. El propio Fernando Pessoa recurría a esa lírica de la fe cuando intentaba explicar en qué consistía Portugal.

La merecida victoria de los eternos perdedores

El fútbol portugués lleva toda una vida colgado de la fe, que, no lo olvidemos, es el sentido que intentamos dar a las derrotas del pasado. Antes de la fe hubo un éxito esperanzador: el 2 de mayo de 1962, en Amsterdam, el Benfica de Lisboa ganó su primera y única Copa de Europa al poderoso Real Madrid de Alfredo Di Stéfano. Un chaval de 20 años llamado Eusebio da Silva Ferreira marcó los dos últimos goles, los que deshicieron el empate a tres y dejaron el resultado en un 5-3 inequívoco. En los siguientes años nadie en Europa, ni el propio Di Stéfano, ni Luis Suárez, nadie, estuvo al nivel de Eusebio. Pero el entrenador del Benfica, el húngaro Bela Guttmann, fue despedido, y en un momento de rabia lanzó su famosa maldición: "Sin mí, el Benfica no ganará un título europeo en 100 años". Cuando se tiene fe, se tiene fe incluso en las maldiciones: el Benfica lleva desde entonces ocho finales europeas perdidas.

La selección portuguesa jugó su primer Mundial en 1966. Eusebio, que, como Pelé en Brasil, figuraba en el catálogo de bienes del Estado intransferibles al extranjero, volvió a asombrar. Corea del Norte había eliminado a Italia y tomó tres goles de ventaja a Portugal, lo que obligó a Eusebio a marcar cuatro goles seguidos. En semifinales, contra la anfitriona Inglaterra, Portugal y Eusebio cayeron por las patadas de Nobby Stiles (sólo un público que había vivido la Segunda Guerra Mundial podía asistir sin desmayos a un espectáculo de tal violencia) y el talento de Bobby Charlton.

Portugal nunca volvió a tener una selección como la de 1966. La llamada generación de oro (Figo, Couto, Rui Costa, Joao Pinto, etcétera) tardó tres décadas en aparecer y cayó miserablemente en el Mundial de 2002. El desastre de Japón-Corea no fue nada en comparación con el de dos años más tarde, en la Eurocopa de Portugal. Los anfitriones contaban con los restos de la generación de oro y con una gran estrella emergente, Cristiano Ronaldo. Llegaron a la final para enfrentarse a una selección sin apenas currículo, la de Grecia, compuesta por tipos rudos y desconocidos. Y perdieron. Díganme cómo se sobrevive a eso sin una fe muy cargada de futuro.

Mientras el Oporto, con dos máximos títulos europeos, asumía una cierta hegemonía en el fútbol portugués, la selección fue decantándose hacia una melancolía parecida a la del Benfica. Jugara bien, regular o mal, fracasaba en los momentos decisivos. Llegó a la final de París sin haber alzado nunca un gran título, la única selección europea de importancia con la vitrina vacía.

Las lágrimas de Cristiano Ronaldo al lesionarse pudieron interpretarse como un anticipo de la derrota inexorable. En los rostros de los aficionados portugueses se leía una pregunta muda: ¿Otra vez? Francia jugaba en casa, les aventajaba en músculo y en talento, contaba con un goleador en racha como Griezmann y con un Sissoko furioso y, por si eso no fuera suficiente, la seleçao tenía que prescindir a los 20 minutos de su jugador más importante.

La fe suele definirse como la capacidad de creer en algo sin necesidad de pruebas. Portugal aprendió durante décadas a mantener la fe y ese largo ejercicio espiritual concluyó con un tiro seco y lejano, como un rayo divino. Los eternos perdedores ganaron por fin. Eder acabó con la fe. En adelante, Portugal no la necesitará: le bastará con la esperanza.

Fuente: www.elmundo.es
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