Fotografía de: Tommy Ingberg
21 abril 2016
Mi madre me miraba con cara de “te voy a matar”. Yo no entendía por qué me gritaban, todos corrían de un lado para otro, ¿pero cómo es posible?, ¿de dónde habrá salido este niño? Delante de mí una enorme cortina floreada manchada de un liquido cuasi verdoso desde la altura de mi cosa hasta el suelo y el mosaico inundado de orín hasta un metro a la redonda a mi alrededor. Estaba en la sala de espera del doctor Riera, el médico de familia, de mi familia, era el año 1955 y yo llevaba una hora inflando mi vejiga y sin podérselo contar a nadie. ¡¡ Aquí no se puede ir al baño !!, sabía la respuesta y así acabó la fiesta.
Hoy puedo hacerlo donde quiera y no lo hago y a veces hasta no puedo pues esa, como le pasa a los gallos de pelea, es cosa de hombres sin plumas, pero nunca entendí ese falso pudor de la época que te impedía hacer pis, o pos, que no fuera en casa. Por eso después, hasta los 20, supongo que en represalia, me encantaba mingitar en cualquier lugar y hasta en cualquier esquina. La más famosa la que hice en la papelera de la clase de Estabilidad de tercero, en el 69, sin que Gandullo se enterara. Fue la última, ahora, a mis casi 67, y en plena segunda juventud, en eso que antes era pecado, estoy volviendo a la más tierna infancia.
Este cuento de hoy lo he extraído de mi baúl de las confesiones más inconfesables … por favor: pssssssssssssssssss
Fuente: etarrago.tumblr.com