Camilo: mi hijo (50 años de su muerte)
Este lunes, 15 de febrero, se cumplen 50 años de la muerte del sacerdote Camilo Torres Restrepo. El Espectador reproduce este artículo escrito por su madre y que hizo parte del libro: “Camilo, obras del cura revolucionario” publicado en 1968.
Fotos: Arriba, Camilo Torres Restrepo (sacerdote) junto a su madre Isabel Restrepo. Izq. Capellán y fundador de la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional de Colombia.
Abajo: der. el coronel Álvaro valencia Tobar, comandante de la Quinta Brigada del Ejército en Bucaramanga. Izq. 1, Camilo, con camuflado de guerrillero del Eln. Izq. 2, Camilo, muerto en combate de Patio Cemento, San Vicente de Chucurí, Santander, 15 de febrero de 1966.
(Archivo particular).
Camilo: mi hijo
Por: Isabel Restrepo de Torres*, Elespectador.com, Nacional (Colombia), 13 de febrero de 2016, 3:19 pm.
“Fue un niño criado, como lo son todos los niños por sus madres: con amor. Nació en un hogar burgués… por desgracia. Mi marido era médico especialista en Pediatría. Por este motivo, por el contacto permanente a que su profesión lo obligaba, con niños que padecían –muchas veces- enfermedades contagiosas, su preocupación constante, casi una obsesión, era prevenir el hecho de que Camilo contrajera una enfermedad. Yo, accediendo a la aprensión del padre, cuidaba que Camilo no se reuniera con los pequeños que visitaban el consultorio.
Recuerdo una anécdota que me quedó grabada y a la que los hechos posteriores dieron verdadera relevancia. Es un recuerdo de su primera infancia. No lo encontré en toda la casa y salí en su búsqueda. Desde la puerta lo vi jugando con un niño de esos que en aquella época llamaban en Bogotá “chinos de la calle” (ahora la burguesía de mi país está más fina, les dicen “gamines”, término importado de USA, por más datos). El chico estaba sucio, harapiento y lleno de granos. Llamé a Camilo y lo increpé: “¡deja a ese chino y ven a casa!”. Trayendo al chico tomado por los hombros, se acercó muy serio y me dijo: “No mamita, no lo voy a dejar, él es mi amigo, MI AMIGO”. Y luego, como recordando algo importante, agregó: “y no es un chino de la calle, es un muchacho como todos, todos somos niños”.
Y hubo también lo que sucedió un mediodía, por aquella época. En Colombia, la comida que sigue a la sopa la llamamos “el seco”. Estábamos todos sentados a la mesa cuando sonó el timbre. Era una persona que pedía se le diera algo de comer. No había nada –se le contestó-. Camilo suspendió el viaje de su cuchara de sopa. Me miró muy triste y murmuró: “¿Por qué lo han dejado ir?; yo tengo ‘mi sequito’”. Y pasaron los años y yo seguí aprendiendo con mi hijo.
Llegó su primer día de escolar. Nuestra familia siempre fue anticlerical; siempre tuvimos aversión a todo lo que oliera a sotana. Decidimos enviarlo a la Escuela Alemana, por su carácter laico y los estudios completos que impartía. Recomendé a su hermanito mayor: “cuida a Camilo, ve que no le pase nada”. Fue un alemancito sin duda quien habló mal de Colombia. Camilo, al final de la lucha, le tumbó dos dientes. Cuando volvieron a casa, mi hijo mayor me dijo: “Mamá, a Camilo no hay que cuidarlo, a los que hay que cuidar es a los otros”. Pienso cuánta razón tenía: a Camilo no hay que cuidarlo: que se cuiden los otros, los que están contra todo lo que él ha contribuido a defender.
A consecuencia de la guerra fue cerrado el Colegio Alemán y Camilo ingresó al Colegio del Rosario para cursar Liceo. Por cierto que allí no se destacó como un estudiante brillante. Perdió su cuarto grado. Es que hacía tantas cosas: Practicaba con entusiasmo varios deportes, se iba de campamento y organizaba veladas; actuaba en sindicatos estudiantiles y hasta llegó a agremiar a niños limpiabotas. Por último se inició en el periodismo. Sí, escribía, financiaba y hasta repartía un periodiquito que se llamaba “El Puma” y en el que bajo su título decía: “Diario semanal, aparece cada mes”. Siempre fue tan ocurrente.
Repitió el cuarto grado en Liceo Cervantes. Al iniciar el 6° grado nos prometió, a sus padres, obtener buenas calificaciones. Cuando finalizó el curso fuimos felicitados por los profesores: había sido el mejor alumno. Yo, sorprendida, seguía descubriendo a mi hijo. Eso sí, nada de cambiar su carácter; seguía siendo el muchacho alegre, amigo de chanzas y de músicas. Entraba a la casa y todo parecía que reía.
Quiero que lo sepan. Iba a fiestas, tenía varias noviecitas a la vez. Por eso, cuando leía la carta en la que se despedía y en la cual me decía por primera vez su decisión de dedicarse al sacerdocio, no podía creerlo. Averigüé la hora de salida del tren. Lo ubiqué cuando ya estaba por par-tir. Le dije: “ven a casa”. Estaba tan decidido que no aceptó razones.
Entonces, desesperada, agregué: “Partes tú en ese tren y será ponerme yo delante de la locomotora”. Me respondió apesadumbrado: “Si está de Dios, deberá pasar eso”. Entonces, ya sin razones que le satisficieran me impuse: “Eres menor y tengo detectives a la puerta de la estación. Hasta los veintiún años tendrás tiempo a pensarlo”. Fue la primera vez que Camilo sufrió cautiverio.
Después, cuando mayor, llegaron sus años de seminario. Siete años, durante los cuales los domingos lo visitaba. Y no hubo domingo que no le preguntara: “¿cuándo dejas esto?, ¿cuándo vuelves?”. Poco tiempo antes de tomar su investidura, me dijo: “Mamita, este es mi camino. Si me fuera, ¿a qué podría aspirar? Tú me dirás que si quiero hacer algo por la patria, a Presidente de Colombia.
Pero para llegar a ello, dadas las estructuras actuales, sería por estar al servicio de los que repudio. Y luego de llegar, nada positivo podría hacer. Yo elegí el Gran Patrón, y así las cosas, él siempre está de acuerdo y me aprueba. Porque yo sigo y seguiré el camino de Cristo. Soy cristiano y para mí todo es claro. Ser cristiano es querer la justicia; ser cristiano es saber amar.”
Con el tiempo iba a agregar: “Ser cristiano es ser uno más entre todos los que luchan contra la injusticia; no hay otra opción para los que amamos a los demás”.
Después que lo mataron, yo reclamé los restos mortales de Camilo. Quería darle sepultura cristiana. Estaba equivocada. Donde esté mi hijo, tiene sepultura cristiana.
Ya sacerdote, fue enviado a Lovaina a estudiar sociología. Había realizado sus estudios brillantemente, a tal punto que el Cardenal Luque le adelantó la ordenación. En París trabajó con el Abate Pièrre. Recogía basura, vestido como obrero. A esa tarea se dedicaban personas marginadas, exreclusos los más. Sus compañeros le llegaban a preguntar cuántos años de presidio había tenido. Para no herirlos, nunca les confesó su calidad de sacerdote.
Cuando regresó a Colombia fue nombrado Capellán de la Universidad Nacional, cargo que más tarde perdió por defender a dos estudiantes expulsados. Luego fue fundador de la Facultad de Sociología y decano de la Escuela Superior de Administración Pública. Después, yo creo que a consecuencia de sus visitas de muchacho al Llano, fundó en Yopal una Granja Experimental. Porque según yo supe después, fue en el Llano, ante esa inmensidad silenciosa, que resolvió darle sentido a su vida.
Fue en el Llano donde encontró a Dios. Allí estaban, dijo: “Tantos dones a repartir y tantos hombres excluidos”. Fue allí donde deseó, por primera vez, la reforma agraria. Cristo reafirmó su deseo de accionar por los humildes. Y el amor por los despojados lo llevó a considerar, como expresó: “que sólo con la toma del poder por la clase popular se cambiaría eficazmente la situación”.
Cuando volvió a Bogotá, los estudiantes, los que siempre lo llamaron sólo “Camilo”, habían organizado un recibimiento en su honor. Pero se había decretado el estado de sitio. Habían matado dos estudiantes. La reunión se transformó en un acto de protesta en el cual Camilo pronunció su primer discurso político, netamente político.
Varias habían sido las observaciones que la jerarquía eclesiástica había hecho llegar a Camilo. Las presiones eran tales que decidió pedir una entrevista con el Cardenal Concha. Solo y por única vez obtuvo una entrevista de cinco minutos. Camilo le rogó que le indicara cuáles eran sus tesis equivocadas y en qué puntos eran inconciliables con la doctrina cristiana, ya que de resultar así, se retractaría. Sólo obtuvo de res-puesta del Señor Cardenal: “El clero no debe inmiscuirse en política, además, yo no discuto con mis sacerdotes”.
Camilo renunció a su investidura. Sufrió mucho. Su pesadumbre no era por estar impedido de realizar sus prácticas exteriores de la función, sino porque le negaron oficiar la Misa. No fue autorizado ni siquiera a hacerlo para sí, pese a ser este su único reclamo. Luego pasó lo que ustedes saben. Se fue a la Sierra. Un tiempo antes vino y me dijo: “Tú estás conmigo, ¿verdad?” Yo le contesté: “Sí, hijo, enteramente”. Y él entonces me preguntó: “¿Hasta las últimas consecuencias?”. “Sí, hasta las últimas consecuencias”. “¿Hasta la muerte, mamita?”. “No, Camilo: hasta la muerte no, hasta más allá de la muerte”.
Para mí no fue el 2 de febrero de 1930 que nació Camilo. Para mí fue el 15 de febrero de 1966, el día que ellos lo mataron. Desde ese día mi corazón y el suyo son un mismo corazón, es más, el corazón que llevo es el suyo. Con ese corazón puedo brindar mi amor a todos los que aman la justicia”.
*Este artículo hizo parte del libro: “Camilo, obras del cura revolucionario”, Ediciones Cristianismo y Revolución, Buenos Aires, Argentina, 1968.
Publicado en:
Foto: Camilo Torres Restrepo junto a su madres Isabel Restrepo.
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http://www.elespectador.com/noticias/nacional/camilo-mi-hijo-articulo-616461
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El combate en el que cayó Camilo Torres hace 50 años
El general Álvaro Valencia Tovar relata de primera mano la operación militar en Patio Cemento, Santander, que él mismo dirigió como comandante de la Quinta Brigada.
Por: General Alvaro Valencia Tovar*, las2orillas.co, 14 de febrero de 2016
Camino al monte
Camilo Torres Restrepo, capellán de la Universidad Nacional de Bogotá, había tenido gran acogida en la alta sociedad capitalina a la que pertenecía su familia. Su padre Calixto Torres Umaña, un connotado médico y profesor universitario, había atendido a mi familia durante mi niñez. Una vez, por cierto, llegó a nuestra casa como se estilaba en la época, llamado de urgencias para atender una fiebre altísima que me aquejaba por una tifoidea. Ordenó de inmediato que se preparara una gran tinaja de agua fría y se echara allí al muchachito al borde de la carbonización. Ese expediente, inimaginable para una persona en estado febril, salvó mi vida. La misma vida que años después se cruzaría con la de su hijo menor, por extrañas circunstancias del destino.
Quizá los estudios de sociología en la Universidad de Lovaina sembraron en el joven sacerdote cimientos de inconformidad con nuestra democracia clasista e imperfecta, que luego se radicalizaron. Lo cierto es que sus convicciones entraron en conflicto con la jerarquía eclesiástica, hasta desembocar en su reducción al estado laico. Los medios de comunicación se encargaron de agigantar el episodio y Camilo se lanzó abiertamente por los caminos de la revolución.
Nuestras relaciones interfamiliares nos había llevado a la amistad, cuando monseñor Correa, el vicerrector del Seminario fue nombrado capellán del batallón con el fin de darles instrucción sobre ética y moral a los soldados bachilleres, y el seminarista de último año de teología llegó al batallón junto con otros auxiliares de monseñor. Allí nos reconocimos con Camilo, fue el comienzo de una cordial amistad, que se consolidó cuando él entró en conflicto con la rectoría de la Universidad Nacional, con ocasión de una huelga estudiantil que él mismo había promovido, y de los sonoros debates en el Senado de la República, en los que tuve que involucrarme, a raíz de la publicación del libro La violencia en Colombia.
Camilo me llamó por teléfono desde la universidad para expresarme su respaldo, asimilando nuestras circunstancias: ambos estábamos siendo atacados por razones de política sectaria. Luego, cuando fue trasladado de la universidad a la decanatura de asuntos sociales, de la Escuela Superior de Administración Pública (Esap), me invitó a enviar oficiales como asistentes. Yo desempeñaba la jefatura del departamento E-3 del estado mayor del Ejército, responsable de las áreas de planes, operaciones e instrucción, de modo que ordené se designara un capitán por cada brigada para asistir a los cursos. Esta circunstancia nos acercó aún más. Dicté conferencias a los cursos bajo su dirección, y en su oficina o en la mía charlábamos largamente e intercambiamos inquietudes sobre la problemática social del país.
El 24 de junio de 1965, Camilo le solicitó al cardenal Luis Concha Córdoba su reducción al estado laico, y ella le fue concedida con inusitada rapidez, por esa misma fecha, el ministro de Guerra me comunicó mi nombramiento en la Quinta Brigada con sede en Bucaramanga. El 3 de agosto Camilo regresó de Lima, adonde había viajado a dictar unas conferencias por invitación de la Universidad de San Marcos. Recibido por una nutrida manifestación a su venida, su discurso tuvo claras connotaciones revolucionarias, sin mención alguna a la insurgencia armada que se desarrollaba en el país.
El 7 de enero de 1966, primer aniversario de la toma de Simacota por el ELN, apareció un volante con una proclama de Camilo Torres Restrepo. En el volante había una fotografía que presentaba al sacerdote en atuendo guerrillero, un fusil en las manos acompañado por (los comandantes) Fabio Vásquez Castaño y Víctor Medina. Abajo decía: “Todo revolucionario debe reconocer la vía armada como la única que queda. Yo me he incorporado a la lucha armada. Desde las montañas de Colombia pienso seguir la lucha con las armas en la mano, hasta conseguir el poder para el pueblo. Me he incorporado al Ejército de Liberación Nacional, porque en él he encontrado los mismos ideales del Frente Unido… ¡Hasta la muerte! ¡Ni un paso atrás! ¡Liberación o muerte!
El combate y muerte de Camilo Torres
El día 12 de febrero, el comando del batallón emitió la orden de operaciones 6/66 y estableció patrullajes de reconocimiento y control de área. Correspondió a la Batería 120 destacar una patrulla con recorrido predeterminado que operaría bajo mando de un teniente durante cuatro días al sur del caserío de El Carmen, en el corregimiento de San Vicente del Chucurí.
La misión terminaría el 15 en la noche, el teniente recibió reiteradas instrucciones para mantener las precauciones de seguridad decenas de veces practicadas en el entrenamiento. La reiteración se hizo más insistente el propio día 15, por cuanto existía el riesgo de que la patrulla fuese observada y de que se encontrara con una sorpresa en su regreso a la base. Al acercarse desde la zona descubierta al borde selvático, que cubre por ambos flancos la trocha paralela a la quebrada Cascajales, el oficial dispuso que la escuadra duplicara las distancias entre los hombre que avanzaban en hilera.
En el avance había observado una plataforma de cemento de cuatro por tres metros, aproximadamente, que parecía un secadero de café, y sobre la cual había habido quizá una casa campesina. Este sitio anónimo alcanzaría inusitado renombre.
Tal como lo temiera el capitán comandante de la Batería 120, la patrulla había sido observada, Fabio Vásquez, adivinando su recorrido, movió 35 de sus hombres y preparó la emboscada en una trocha aprisionada entre el bosque denso que bordea el talud en descenso hacía el río Sucio, o quebrada Sucia. Los abrigos de tirador, separados entre sí por distancias de 3 a 5 metros, se enlazaron por un cordel de bejucos aunados, cuya punta llegaba al sector selvático y el cierre al extremo opuesto, ocupado por Fabio y Camilo Torres. Cuando el primer soldado apareció a la vista del jefe guerrillero, él halaría el cordel, que era la señal para abrir el fuego, presumiendo que el total de la patrulla militar se hallaría dentro del bosque. La presunción era correcta, y el plan habría funcionado de no ser por la amplitud de las distancias que el teniente había puesto entre sus hombre precisamente para evitar el riesgo de caer en una trampa con todos sus hombres.
Al aparecer la cabeza de la columna, Fabio Vásquez haló del bejuco y el fuego sacudió la cadena de los 35 hombres desde sus posiciones. El teniente, herido de gravedad, quedó fuera de combate, al igual que su radio operador. El sargento reemplazante recibió un impacto, en el brazo izquierdo, pero alcanzó a cubrirse detrás de un árbol corpulento. Cuatro soldados cayeron bajo el fuego, pero entonces, cuando los guerrilleros comenzaron a saltar de sus guaridas, un militar robusto mestizo de Montería, batió con su fusil ametralladora a toda la línea enemiga.
El asalto sobre los caídos se contuvo con el fuego del fusil ametralladora. Del cierre de la emboscada emergieron dos individuos de elevada estatura y barba crecida que se lanzaron sobre los cuerpos yacentes. El sargento herido, sosteniendo aún la carabina M-1 de repetición automática, disparó con la mano derecha una ráfaga sobre los dos hombres. Uno de ellos cayó a tierra. El otro regresó ágilmente por donde había aparecido. El sombrero de ala ancha cayó al suelo perforado por una bala de la carabina del sargento reemplazante, pero su dueño, de larga cabellera, se perdió en la selva. Al escuchar el estruendo del combate, las dos escuadras maniobraron por entre el bosque, arriba de la trocha y cayeron sobre la espalda de la guerrilla. Esta, al verse batida entre dos fuegos envolventes, emprendió la fuga en completo desorden y se perdió en la maraña.
El sargento reemplazante tomó el mando después de cerciorarse de que el individuo alto y barbudo, que portaba el brazalete y la boina característicos del ELN, había muerto. Otros cuatro guerrilleros habían caído en las inmediaciones, y en un posterior registro del área periférica apareció otro cadáver.
Armas, equipos y municiones desperdigados por doquier, materializaban el pánico que sobrecogió a los asaltantes cuando se les desvaneció entre las manos la que creyeron una fácil victoria. Entre la miscelánea de material recuperado se halló un fusil M-1 norteamericano, que luego se identificaría por su número como un de los arrebatados al Batallón Galán en Simacota. La Batería 120, en una de sus fracciones, había cumplido valerosamente su compromiso de honor. Lo que ninguno de los integrantes de la patrulla pudo imaginar, presa de los encontrados sentimientos de haber ganado el combate a costa de las vidas y de las graves heridas de su comandante y camaradas, fue que allí, en inmediaciones de la plataforma o patio de cemento, había perecido el sacerdote que soñara con la revolución y con la gloria mesiánica de redimir a su pueblo.
Las primeras noticias recibidas en el comando de la brigada fueron confusas, fragmentarias. Reportaban el combate sin mayores detalles. Logré hacer contacto radial con el sargento comandante encargado de la patrulla, que conducía su fracción hacia El Carmen transportando los muertos, los heridos y el material incautado. Su versión del combate fue breve. La descripción que hizo del hombre que él presumía comandante y que había sido abatido por el fuego de su carabina, no permitía establecer su identidad. Interrogué al sargento sobre algunos pormenores. ¿Lo habían registrado? Sí, y habían encontrado en sus bolsillos “unas cartas en otros idiomas”. De inmediato me asaltó el presentimiento. ¿Quién si no Camilo Torres, podía llevar ese tipo de comunicaciones? La ansiedad comenzó a penetrar mi ánimo.
– ¿Tenía una pipa de fumar? –le pregunté.
–Sí, mi coronel. Con picadura para cargarla –me contestó.
– ¿Tenía la pipa un anillito de plata en el conducto de humo? –pregunté en seguida.
–Un momento, mi coronel, me cercioro. Sí, mi coronel, hacia la mitad de la empuñadura…
Era la pipa que fumaba lentamente Camilo en nuestras charlas en la Esap. Se me había grabado en la memoria tan nítidamente como su rostro, sus ademanes, su figura atractiva en la negra sotana sacerdotal. A partir de ese instante no tuve dudas. Camilo, mi interlocutor y amigo de tantos años, había caído en el primer combate de su absurdo itinerario en la guerrilla.
El 16 en la tarde mejoró el estado del tiempo. Volé hacia el puesto de mando de la batería en El Carmen. La patrulla aún no había regresado, pero por radio le indiqué que sacara los cadáveres hasta un lugar accesible a píe, porque el helicóptero finalizaba las horas de luz para hacer el vuelo de ida y regreso. Siguiendo el itinerario de la patrulla trazado en el mapa de operaciones, me trasladé a píe. En la estancia desolada de una casita campesina vacía, se hallaban los cuerpos exánimes sobre los camastros de madera rolliza atados con bejuco. Los tubos ahumados de unas lámparas de petróleo pugnaban por rasgar la penumbra. La barba crecida, la cabellera larga en desorden, el cuerpo delgado con manchas rojizas y sepias de las picaduras de insectos, no podía ocultar la realidad, pese al mandato interior que pugnaba porque esto fuera apenas una pesadilla. La yerta verdad estaba allí, en el amplio tórax donde dos pequeños orificios causados por las balas, parecían cráteres diminutos por donde hubiera escapado el volcán de la vida.
Editado por Las2Orillas.
*Texto original:
Hablan los generales: las grandes batallas del conflicto colombiano contadas por sus protagonistas.
Martínez Osorio, Glenda (compiladora), Editorial Norma. 2006.
Publicado en:
http://www.las2orillas.co/el-combate-en-el-que-cayo-camilo-torres-hace-50-anos/