Mártires y demonios de la nueva Cataluña

 
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Mártires y demonios de la nueva Cataluña

***El autor, ex apoderado de José Tomás, reflexiona sobre la abolición de los toros hace cinco años en Cataluña, justificada sin pudor por los nacionalistas como 'daño colateral en el combate por la independencia. Ni rastro de presunto animalismo'.

Salvador Boix./El Mundo. Un viejo amigo, independentista militante con quien años atrás había compartido tendido de la Monumental de Barcelona en la Feria taurina de la Mercè, justificaba sin ningún pudor la prohibición de los toros en Cataluña como un daño colateral del combate por la independencia. El camino hacia la liberación nacional no era gratis, decía; la prohibición de la tauromaquia, cultura compartida, marcó un hito hacia la separación; el Parlamento soberano segó por la raíz un nexo cultural y antropológico de primer orden, de altísimo valor simbólico. Y sí, hubo víctimas, pero fueron necesarias, concluía. Ni rastro de presunto animalismo

Desde las filas soberanistas que respaldaron aquella decisión se decretó necesario el sacrificio de cuantos ciudadanos tuvieran el mal vicio o adicción de ir a los toros. Era aquella una prioridad inexcusable para el llamado proceso, que encontró en los toros un atajo de rosas en el pedregoso camino de la independencia. Siendo así que la minoría de individuos marginales afectados fueron sujeto de escarnio público, hasta ser borrados de la faz de la nueva Cataluña.
Pedirle al independentista recalcitrante una reflexión más allá de lo simbólico es tarea siempre ardua. En lo concerniente a las personas la cuneta del camino quedó sembrada de aficionados a la espera de un entierro digno, de una justa reparación por daños morales y, además, sin el merecido reconocimiento público por el servicio forzoso prestado a la causa independentista. En lo intelectual, esperar de parte del independentismo fetén la serena cavilación respecto de la tauromaquia como bien artístico o cultural resulta simplemente inútil.

La militancia ciega, además de cierta disfuncionalidad hiperestésica, muy común en ciertos ambientes, les impide abordar en profundidad y con el temple requerido un asunto de tan colosal calado humanista.

Me encontré días atrás a otro reconocido independentista vestido de diablo y bien pertrechado para participar, en familia, en el famoso Correfoc de las fiestas de La Mercè de Barcelona, uno de los actos más celebrados de la capital de la nueva Cataluña consistente en un desfile de demonios, ilustrado con dos horas de ruidos, peligrosas chispas, humaredas negras y los consiguientes malos olores. Ataviado con su traje de lucifer y con sus petardos, rodeado de criaturas con el mismo atuendo, el sujeto me soltó con sorna: «Qué, ¿como lo ves? Esto tiene más riesgo que los toros y, además, no tiene ninguna contestación social, eh?» Remató con un cariñoso «mira que soy hijoputa diciéndote eso precisamente a tí...jejeje» y se fue a tomar un trago antes de empezar con la petardada.

Sí, pensé cariñoso, tú lo has dicho. Porque habéis arrasado con la cultura popular de este país. Porque donde antes hubo arte, sensibilidad y héroes ahora están sus petardos, su humo siniestro y su bestiario etnográfico de cartón piedra llenando de basura la Via Laietana mientras yo, hecho un mártir, me tengo que ir a Logroño para ver torear a Diego Urdiales y llenar así mi vacío espiritual. Efectivamente, me consolé, «la basura no es cultura». Y siempre me gustó viajar.
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