¿Verdaderamente la mujer es dueña de su cuerpo? ¿No estaremos cosificando el estado femenino al avalar dicha aseveración?
Cuando las feministas argumentan en favor del aborto: “Soy dueña de mi cuerpo”, entran en dos contradicciones vitales
-La primera dice relación con sostener ser feministas y que es por ello que reclaman un derecho como éste. Curiosamente el feminismo, que data del siglo XVIII, promovía la igualdad, no la confrontación de géneros como una lucha de poder, no pretendían aplastar al hombre y ser superiores, sino derechos equivalentes en cuanto persona y libertades esenciales. Era un asunto de dignidad humana.
Desde su origen, el feminismo defendió la vida del que está por nacer y jamás, al contrario de lo que las feministas promueven hoy, estuvo en mente la defensa del aborto como un derecho de la mujer o argumento reivindicatorio, lo que hoy se concibe como feminismo, progreso y modernidad. Actualmente, la mujer se mueve por un resentimiento “sexual” digno de una patología, un odio hacia el hombre, de querer ser “hombre”, lo que las ha llevado a destruir los propios principios que las formaron: la búsqueda de la igualdad ante la ley y la protección de la vida. “Los principios básicos del feminismo son la justicia para todos y la oposición a la violencia y la discriminación. El aborto va en contra de los tres.” ( Serrin Foster )
Las feministas , justamente porque veían y vivían un nivel de violencia en su contra sin control y sin defensa alguna, contrarias a que “unos humanos sean dueños de otros humanos”, rechazaban el aborto del mismo modo que la esclavitud.
El periódico sufragista «La Revolución» se refería al aborto como “una repugnante insolencia contra las leyes naturales y de nuestra humanidad común”. Este movimiento exigía mayor educación para la mujer y una emancipación que por siglos les fue negada. Sabían que si lograban una igualdad en educación se podrían empoderar, lograr un puesto digno dentro de una sociedad de carácter patriarcal. Las feministas reconocían el aborto como un acto de violencia aberrante, tanto contra el nonato como hacia la mujer. Daphne de Jong, una feminista moderna pro-vida señala: “Las mujeres que no aceptan que los valores de la mujer sean medidos por cuanto un hombre desea su cuerpo o necesita sus servicios, ahora demandan que el no-nacido sea juzgado por los mismos estándares”.
-La segunda contradicción al reclamar “ser dueñas de su cuerpo” viene dado por un status de “objeto”. Con ello entran en un estado de abierta cosificación, toda vez que se es propietario o se ejerce dominio sólo respecto de una “cosa” (res). Estas mujeres no se ven a sí mismas como un todo integral, sino como formas separadas o estructuras divisibles dentro de ese todo: por un lado un cuerpo-cosa o instrumento y por otro un ser humano de género femenino. Con esta ideología lo que promueven es un estado de inferioridad respecto de todas las personas y, en consecuencia, un debilitamiento en las fortalezas que tienen per se. En materia civil, al hablar de dominio, se establece que éste es factible sobre “cosa” corporal, lo que permite el uso, goce y disposición sobre el bien. La pregunta que cabe en este punto: ¿es la mujer y todo lo que ella conforma una “cosa”? ¿No estamos reduciendo el sexo femenino a un mero objeto (propiedad) respecto de un sujeto (propietario), otorgándole, no una dignidad humana, sino el carácter de “cosa apropiable”? Las feministas pretenden establecer un concepto de autopropiedad como un status jurídico pero éste no es equivalente con los bienes materiales o inmateriales susceptibles de apropiación.
Es curioso este argumento desde el momento en que el movimiento feminista nace justamente a la luz de ese histórico sometimiento masculino, que veía a la mujer como una cosa más, parte de su dominio o propiedad, así como los terrenos, los animales, etc. De hecho, la violación se estimaba como una vulneración pero no por el acto de violencia en contra de la mujer, sino porque se cometía contra un “objeto” de propiedad de otro hombre.
El concepto feminista de hoy no reconoce el valor esencial e integral de la mujer y es ella misma quien está enarbolando una bandera de lucha fatal: “la guerra de los sexos”, pretendiendo, no una igualdad, sino una superioridad frente al hombre, en una suerte de venganza por las tribulaciones históricas a las que se vio sometida, ya sea anulando su voluntad, coartando sus derechos esenciales, tal como lo fuera la esclavitud respecto de las personas de color.
La feminista de hoy desconoce, ya por ignorancia o abierta intencionalidad ideológica, los principios fundamentales que mueven al movimiento y envuelve, dentro de sus slogans, conductas más cercanas al libertinaje que al feminismo.
Por otra parte, parece que estas feministas “modernas” no ven que con sus exigencias, conductas y movilizaciones les están haciendo un gran favor a los hombres machistas en el mundo: si una mujer queda embarazada, la decisión respecto de esa nueva vida recae, sin más, en ella. El hombre, así, arranca de su responsabilidad, delegando toda determinación en una mujer que, frente a un abandono o a un estado de vulnerabilidad diverso, puede decidir cometer un crimen. Dicho de otro modo: ella será la responsable y culpable, de dar muerte a una vida humana y el hombre involucrado se lavará las manos, pues no pesa sobre él culpa alguna respecto de la vulneración del primer derecho humano fundamental: el derecho a la vida. ¿Hay algo más machista que esto?.
El hombre, así, seguirá instrumentalizando a la mujer, cosificándola, sabiendo que, ahora, por ley, es ella quien decidirá el destino de una vida humana, dando por superado un asunto tan trivial como puede ser aventura pasajera o una ausencia de responsabilidad.
Finalmente, las feministas reclaman, en virtud del dominio sobre sus cuerpos, la autonomía que por derecho tienen. Arguyen que como el embrión depende del cuerpo de la mujer es ella quien debe decidir qué hacer con él. No nos confundamos: autonomía no es lo mismo que independencia.
Si bien existe la dependencia materna, bien podría argumentarse del mismo modo respecto de un recién nacido, incluso de un niño pequeño, que para sobrevivir requiere de la asistencia de un adulto en todas las condiciones. Esta dependencia es de carácter ambiental, pero no genética. El no nacido tiene entidad propia y es autónomo, tiene capacidad de autodesarrollo “El embrión tiene en si el principio constitutivo del propio ser, aunque dependa extrínsecamente del utero que es el ambiente material necesario” (Jesus Ballesteros)
Si el concepto relativista del dominio sobre el cuerpo alcanza los ribetes liberales, con un materialismo llevado al extremo, entonces se dirá que la mujer es dueña de todo lo que contenga en su interior y por tanto también tiene el uso, goce y disposición sobre el embrión o feto que lleva en su vientre y, dado que ese nonato no se puede valer por si mismo, entonces es la mujer la que decide qué hacer con esa vida humana. Cabe preguntar entonces: ¿Los hijos son propiedad de los padres? o ¿Son propiedad del Estado cuando éste es el encargado de velar por el respeto y las garantías constitucionales de protección del que está por nacer? De ser así, todos seríamos propiedad del Estado.
Si las mujeres apoyan el aborto basadas en mantener su ritmo de vida, su independencia, prestigio y desarrollo laboral o por cuestiones económicas o sociales, lo que están haciendo es dar fuerza y base a un modelo no pensado por ellas, sino ideado y dirigidos por hombres para conveniencia y provecho de ellos mismos. Pretenden ubicar a la mujer donde a ellos les parezca conveniente. El aborto es, lejos, la vulneración más grave a la integridad física y psicológica de la mujer.
Con un “feminismo de género" envolvente, las mujeres olvidaron que fueron tratadas por siglos como cosas y pretenden hacer lo mismo con los niños/as que vienen en camino. Han olvidado sus orígenes y hoy sólo se percibe un afán de guerra contra el hombre. Hemos arribado a la ley del descarte de la humanidad y al suicidio social.
Andrea Balbontín Nesvara
Activista Provida
Twitter: andrea_provida
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Fuente: andreabalbontin.es.tl