10 agosto 2025
- Hoy quisiera rendir homenaje a esas pequeñas cosas que nos acompañan sin hacer ruido, que se deslizan por la vida como hojas al viento, y que, sin embargo, sostienen el alma. Son momentos que vivimos, que sentimos, que disfrutamos, pero que rara vez detenemos a valorar. Hablo de lo sencillo, de lo cotidiano, de lo que parece insignificante hasta que el tiempo lo convierte en tesoro.
- El primer amor, inesperado y torpe, que nos descolocó el corazón. El primer beso, tembloroso, que nos hizo sentir que el mundo podía detenerse. Aquel sobresaliente en ciencias que nos hizo creer, por un instante, que éramos capaces de todo. El abrazo espontáneo de un niño, que nos reconcilia con la ternura. El primer café compartido, que supo a adultez y a promesa. El primer día en la universidad, con los nervios vestidos de ilusión y la mochila cargada de sueños.
- Todas esas vivencias parecen escaparse del libro de nuestra vida sin dejar huella escrita. Pero luego, con los años, regresan como páginas doradas, como si el alma las hubiera guardado en secreto para revelarlas cuando más las necesitamos. Porque lo sencillo no es menor. Es lo que nos forma, lo que nos sostiene, lo que nos recuerda que la belleza no siempre grita: a veces, simplemente susurra.
- Y es que, demasiadas veces, nos perdemos lo mejor de la vida por no saber mirar. Por no detenernos ante lo que apenas se ve, lo que no brilla, lo que no se impone. Lo sencillo existe, y en su existencia hay una verdad profunda que merece ser contada. Por eso, deberíamos dedicar tiempo a narrarlo, a dejar constancia de ello, para que quienes vengan detrás puedan entender que lo esencial no siempre se anuncia, pero siempre está. Y que, en lo mínimo, en lo leve, en lo callado… también habita la plenitud.
Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com