30 octubre 2018
– Ella era una anciana, muy anciana, que tomaba en soledad un café con copa de Magno en mesa y una vela de esas de cumpleaños encendida sobre una tormentosa y amenazante magdalena precocinada que yacía sobre la servilleta marcada con un número cien impreso a mano sobre ella.
– Yo la miraba, cuasi alucinado, admirado.
– Me dijo … ¿Joven, quiere algo?
– No, nada, tan solo quería saber como está usted tan sola celebrando algo tan importante.
– Ay, joven, no celebro nada, solo celebro que sigo luchando contra eso tan triste de estar sin Él … y enciendo una vela, una vela por Él.
– Sonreí y … al instante noté sobre mi hombro una mano caliente y en mi oído bueno un cálido aliento, con voz de ángel que acaba de ver a una alma perdida, que me susurra: Enrique, es Luisa, la hermana de Leonor, quedó viuda hace poco y no celebra nada, solo cuenta los días que vive sin él, su marido, al que quiso como una chiquilla y a la que la vida, dice ella, le ha condenado a seguir viva y en soledad, por no haberle querido bastante.
– Parece una historia vulgar, eso sí, poco corriente, pero me pirra saber de ellas … y, aún más, contarlas.
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com