Los misterios existen porque no hay (las) palabras para definirlos. Como dirían los chicos de otros tiempos más humanos: “porque no se han INVENTADO (en donde inventar se traduce como entender, no “inventar”, propiamente dicho)”.
De los teólogos y fisólofos del actual mundo no nos fiamos. Desde hace “algún tiempo” hemos amartillado/armado nuestra consciencia con “esa… GENTE (.)”. Hubo un tiempo en el que les guardábamos respeto, pero después de ver la cadena de traiciones y veleidades en que han caído, ¡Never! O sí prerfieren una respuesta más castiza ¡NI PUEL PUTAS!
El subconsciente es, según los que saben —no los que hoy tratan todo a punta de fármacos. No, esos son el más siniestro y detestable de los fraudes— , toda aquella acción no pensada, CASI que la que cae dentro de lo maquinal y/o automático. Y decimos que “CASI”, porque en realidad serían las acciones que realizaríamos más por intuición que por comprensión; mientras que las automáticas son disparadas por instinto; y las maquinales, por inducción.
La consciencia es la comprensión de lo que hacemos, tomando, para ampliar en algo, aquel pasaje de la Sagrada Biblia en que se habla de “la vanidad de vanidades”, para hablar del mundo “externo (este en el que vivimos)”. Es percibir el mundo SENSIBLE, y comprenderlo en su estado natural o, como dicen hoy día, o inmaterial.
Así pues, la consciencia de la consciencia tendría que ser una extrapolación de una consciencia muy superior a la consciencia simple o de este mundo, siendo la superior perteneciente a ese otro mundo del que el sarnoso ese que metieron al Vaticano reniega.
La subordinación de nuestra consciencia, así, establecería un control propio real, y uno de comunicación de existencia mucho más amplia, siendo la nuestra la parte que caería dentro de nuestras potencias, y que constituiría nuestra libertad de razonamiento y acción activa, más allá de la acción pasiva de nuestros pensamientos.