(comparto con mis lectores el primer capitulo de mi novela "LA LOCA DEL MUELLE DE SAN BLAS", dedicada a Rebeca Mendez Jimenez y si eterno amor)
En aquella tarde de abril los vecinos del muelle de San Blas intentaron en vano arrancar a Rebeca de su mar; su vestido blanco de novia hecho girones se aferraba contra su cuerpo y las rocas blancas que una y una vez sirvieron de consuelo a su tristeza infinita mientras contemplaba sola a ese viejo océano que se tragó para siempre sus sueños, su amor y su destino. Una y otra vez intentaron en vano separarla, llevarla lejos de ese paisaje del cual ya era parte, ni la fuerza de diez hombres logró contener a esa arrugada mujer que como una fiera se sostenía entre recuerdos y pesares.
La primera vez que apareció en el muelle como una figura fantasmal y triste la contemplaron entre risas y burlas; los niños se agolparon a su alrededor para lanzarle piedras y excrementos de ave de las cuales no se defendió absorta entre pensamientos lejanos que parecían protegerla de los gritos, las burlas y los insultos. Ni una sola vez levantó su mano o abrió su boca para defenderse. Sola, lejana, distante y desconsolada solo parecía buscar entre las olas del mar a ese viejo navío que partió hace ya muchos años con la promesa de un amor, esperaba encontrar esa embarcación trayendo de regreso a su querido Manuel que entre risas y promesas partió un día incierto en busca de pescado para hacer realidad el sueño de los dos.
Vencidos, tal vez convencidos de su deseo imposible los vecinos de San Blas se sentaron a su lado para escuchar la historia de Rebeca. Muchos la tomaron como una loca extraviada en sus recuerdos, pero para otros fue el inicio y el final de una promesa que se bañó de mar, de soledad, de recuerdos y nostalgias imposibles de creer. Y la dejaron ahí, sentada entre sus lágrimas, mordiendo sus manos, sus muñequitas de trapo y de papel, rodeada de dulces en forma de pescado envueltos en papel brillante; hasta que la noche la cubrió una vez más.
Al principio los vecinos estuvieron de acuerdo en que era necesario alejarla de ese paraje para siempre y encerrarla en el panóptico del lugar. Decididos y convencidos de su bondad tomaron la decisión de aparatar a Rebeca del mar, pues tantos años les hicieron pensar que el origen de sus males estaba ahí, justamente en ese sitio en el cual, inexorablemente, día tras día, minuto a minuto y segundo a segundo pasaba su vida con su vestido de novia y sus muñequitas vestidas de novia mientras ofrecía a los turistas y curiosos sus dulces con extrañas y singulares formas de pescado, sirenitas, pulpos, ballenas y delfines hechos de chocolate y miel que acariciaba con el infinito misterio de quien no quiere separarse de ellos.
Lo único que nunca vendió, que se guardó para siempre fue una golosina en forma de velero que entre letras mal hechas y desdibujadas por el calor decía "pelicano", en honor a Manuel y sus recuerdos de amor anidados entre su pelo y sus labios de mujer entregada al amor. Todo lo demás lo entregó, su belleza, su juventud, sus sonrisas, su espíritu, su existencia… Nada ya tenía sentido sin su amor, sin su Manuel que partió llevándose entre sus miradas una promesa de amor imposible de cumplir pero que se haría realidad en sus días extraviados de dolor, tristeza y agonía.
Rebeca solo gritaba que la dejen sola, que no la aparten de su mar, que quiere esperar el regreso de Manuel en el "pelicano", que si no la encuentra creería que se olvidó de su promesa, que quiere estar ahí hasta que vuelva, de ser necesario hasta que se seque la última gota de agua, hasta que entre risas y abrazos pueda una vez más estrechar entre sus brazos a ese pescador que partió con la tierna promesa de un regreso para luego simplemente casarse y ser felices para siempre. Y no hubo poder alguno, ni fuerza humana suficiente para alejarla de su mar… de su pelicano, de sus recuerdo y sus siempre promesas de amor… fue la única vez que la vieron violenta, llorando, desesperada, reclamando algo terrenal como el mar y sus piedras blancas, la única vez en que entendieron que para Rebeca no podía existir otra realidad diferente a la que vivía y que separarla de aquello era matarla para siempre. Entonces decidieron dejarla en paz, envuelta entre su vestido de novia, revolcada entre la arena, apretando un montón de arena blanca y gris que se escapaba entre sus manos, llorando y gritando palabras inentendibles de amor, mirando al cielo y a la distancia, perdidamente enamorada y para siempre de un afecto que tal vez sería un sueño, de un muchacho llamado Manuel, que quizá nunca existió, que se dibujó en sus sueños como el deseo infinito de amar, de saberse amada, de sentirse recordada entre olas y pescado en medio del mar. Ahí quedó hasta que la Luna coronó su llanto, hasta que los vecinos hicieron suyo su dolor, hasta que las aguas de ese mar misterioso y lejano empezaron a cantarles al oído las historias de su amor, de su encuentro distante y perdido de sus besos y juramentos… Hasta que su último suspiro se extravió en la última de las noches en que juntos Rebeca y Manuel se vieron por postrimera vez… hasta que la luz del faro se confundió con su llanto solitario llevándose para siempre el recuerdo de un amor que no pudo ser posible hundiéndose entre las brumas del tiempo y el olvido.
Desde entonces Rebeca Perdió su nombre para ser conocida simple y sencillamente como la loca del muelle de San Blas, la vestida de novia, la desconsolada mujer que espera día tras día el regreso de Manuel, ese joven pescador que se despidió con su sonrisa pintada de mar mientras el pelicano se perdía irremediablemente entre las aguas del viejo muelle como tantas veces lo había hecho. Adiós mi Manuel, tu loca te espera, te esperará para siempre, por toda la eternidad, mientras las aguas fluyan y las olas regresen cada día a su playa, mientras mi vestido de novia se aferre a mi cuerpo y mis manos sujeten con firmeza esa vieja y arrugada carta en la que me jurabas tu amor. Mientras pueda sostenerme, mientras mis manos se puedan aferrar a estos paisajes, mientras mis recuerdos recuerden tus palabras, mientras mis ojos puedan contemplar ese juego eterno de tus gestos, mientras mis labios tiernos y jugosos alberguen tus besos tibios y amorosos, mientras mi piel sienta ese fuego que encendiste en mi carne y en mi ser, mientras el mundo exista y el Sol y la Luna sigan su rastro de amor, mientras todo eso y mucho más, seguiré esperando tu retorno… mi Manuel querido, mi Manuel adorado, mi Manuel pescador, mi Manuel amante, mi Manuel triste y melancólico que solo sonreías para complacerme en las tibias noches de nuestro amor…
peobando@gmail.com
PABLO EMILIO OBANDO ACOSTA