Construir tu filosofía de vida

 
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Recientemente en una reunión entre amigos oí, sin querer, parte de una conversación entre adolescentes en la que uno de ellos explicaba cual era su filosofía de vida. Lo primero que me vino en mente fue preguntarme si, a esa edad (alrededor de los 15 años), una persona podía definir el tema con una precisión y una claridad aceptable.

Esa misma noche mientras conducía camino a casa, la pregunta vino de nuevo, esta vez dirigida a mí mismo: ¿sabes cuál es tu filosofía de vida? Créanme que durante un buen tiempo mi mente quedó en blanco intentando buscar una respuesta satisfactoria a tal extremo que restó un par de horas a las que habitualmente utilizo para dormir.

Luego de eso, y durante varios días, estuve tratando de buscar, entre filósofos y pensadores, a qué exactamente se refería una persona cuando hablaba del tema y entre ellos conseguí en mi biblioteca un libro llamado Pregúntale a Platón de Lou Marinoff. Lou es un profesor de Filosofía del City College de Nueva York que se ha dedicado a acercar la filosofía a la vida cotidiana de personas, grupos y organizaciones de todo el mundo.

Según Lou, nuestro comportamiento no obedece a una sola cosa sino a la interacción de un conjunto de factores: rasgos biológicos de la personalidad, hábitos adquiridos en el transcurrir de la vida, condicionamientos de la sociedad a la que pertenecemos y las emociones del momento. Aquí entra en juego también lo que llamamos filosofía de vida que no es más que nuestra razón, experiencia, creencias, principios y deberes.

Todos tenemos una filosofía de vida, pero no todo el mundo es capaz de articular su filosofía con exactitud. Lo importante es determinar si la filosofía de vida actúa a nuestro favor, en contra o no lo hace en absoluto. Ciertamente cuando nos aqueja una dolencia física debemos acudir al médico, o si tenemos un problema en nuestra psique, al psicólogo, pero examinar filosóficamente nuestra propia vida no solo es posible, sino incluso aconsejable.

Lo primero que debemos hacer es exteriorizar nuestras ideas, expresar nuestra filosofía de vida. Ver que tan bien o mal lo estamos haciendo, comparar nuestro enfoque con otros, modificarlo o mejorarlo. Hablamos de un concepto dinámico que se puede ajustar según las experiencias nuevas vividas teniendo siempre como norte, el asegurarnos que nuestra filosofía actúe a nuestro favor y no en contra.

Inspeccionar nuestra casa filosófica, para mejorarla o renovarla, no se trata de un proyecto de un día. Requiere tiempo y esfuerzo. No puede hacerse todo en un solo momento. Para ello necesitaremos hacer uso de la vida en sí, nuestra capacidad de razonamiento, las experiencias vividas y la sabiduría filosófica acumulada con los años. Incluso, después de construida, debemos prestar atención a su mantenimiento y reparación.
Momentos decisivos:

Todos experimentamos momentos en los que las circunstancias nos ponen seriamente a prueba: un accidente, una enfermedad, la ruptura de una relación, la pérdida de un ser querido, etc. Estos momentos duros ofrecen también las mejores oportunidades para efectuar avances en el crecimiento personal. En situaciones emocionales difíciles comprobamos nuestro carácter, crecemos y se iluminan los principios rectores más íntimos. Debemos realizar el siguiente ejercicio: reconocer un momento decisivo pasado en nuestra vida, preguntarnos ¿Cuál fue la idea rectora que nos permitió superarlo? Estas ideas constituyen el plano de nuestra casa filosófica.

En una próxima entrega, seguiremos analizando cada uno de los pasos que se mencionan en el manual para lograr la construcción de nuestra casa filosófica. ¡Hasta entonces!
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