Bienvenido papa Francisco a Colombia con paz, justicia y solidaridad

 
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La historia de Francisco, el papa de la gente. Crónica sobre el hombre que se convirtió en jesuita, que fundó iglesias, que protegió personas en la dictadura, que siempre andaba en metro y que le atormentan los lujos.

Bienvenido papa Francisco a Colombia con paz, justicia y solidaridad

Por Pacho Escobar, en La W 06 setiembre de 2017 –

Jorge Bergoglio nunca creyó que iba a ser papa. Rezaba para no serlo. Incluso, él, hombre de andar caminando las calles de Buenos Aires, a pesar de ser cardenal y máximo jerarca de la iglesia en la Argentina, llegó como todos los domingos a las 5:30 de la mañana a recoger el diario La Nación. Era el domingo 24 de febrero de 2013. Allí saludó al dependiente del quiosco, Luis Del Regno, y hablaron de algo en particular: la renuncia un mes antes del papa Benedicto XVI.

Tocaron el tema porque Jorge, como le llamaba, le contó que al día siguiente debía viajar a Roma a votar por el nuevo representante de Pedro en la Tierra. Pero, además, le pidió el particular favor de seguir llevándole el diario a su modesta morada al lado de la Catedral. Sin embargo, Luis le tiró una pregunta que quedaría para la posteridad:

—Jorge, ¿vas a agarrar la batuta? —a lo que Bergoglio respondió:

—Eso es un fierro caliente, nos vemos en 20 días, vos seguí tirando el diario.

Todos los diarios del mundo habrían de anunciar 17 días después, en su versión extraordinaria, que en la noche del miércoles 13 de marzo, pasadas las 19 horas se había escogido papa, que su nombre completo era Jorge Mario Bergoglio Sívori, nacido en el barrio Flores de la ciudad de Buenos Aires, Argentina; quien, además, cuando le preguntaron cómo quería que le llamaran de aquí en adelante, de manera sincera había respondido: Francisco.

Tres días después habría de explicar que ese nombre lo había escogido cuando su amigo el Cardenal brasileño Claudio Hummes le dijo en el momento de su elección: “No te olvides de los pobres” y mientras se finalizaba el escrutinio llegó a su corazón el nombre de San Francisco de Asís: “el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación”, diría.

Jorge Bergoglio no creció en la pobreza, pero si fue educado en una familia austera y trabajadora. No había cumplido los 13 años cuando su papá lo llamó aparte y le dijo: “Ya estás en edad de trabajar e ir consiguiendo honradamente lo tuyo”. Con esas instrucciones se empleó en un almacén de calcetines en las labores de la limpieza. Aplicado, avanzó rápidamente a la ayuda en la sección de contabilidad. Por esos mismos días habría de aprender a cocinar él mismo.

No era que le gustara la cocina, sino que doña Regina, su madre, después del nacimiento de su quinto hijo había sufrido una parálisis que la mandó a la cama, de modo que ella desde su lecho de enferma le daba instrucciones a sus hijos de cómo se mezclaban los alimentos para hacer una buena sopa o un buen desayuno. Los que lo conocen, saben que Bergoglio hasta que fue cardenal de Buenos Aires le gustaba cocinar para él o para sus invitados los días domingos. Incluso hoy, aun siendo papa tiende su cama, porque dice que ese ya es un hecho que indica trabajo.

Bergoglio se diplomaría con excelentes notas como técnico químico y su mamá le apuntaba a que Jorge estudiara medicina y fuera el primer médico de la familia. Pero llegaría el día del sacudón. La noticia que dejaría en silencio a su mamá y que alegraría a su padre. Jorge tenía 21 años y sentó a su papá para contarle algo que cambiaría el rumbo de sus vidas:

—Papá, quiero ser sacerdote, quiero irme para el seminario.

Su padre, de gran condición católica se alegró y le dio un beso y un abrazo. El hielo vino por parte de Regina, su madre. Ella optó por el silencio frente al tema y dejó que su hijo ingresara al seminario diocesano de Villa Devoto en Buenos Aires. Pero la decisión no había sido un arrebato por parte del joven Jorge. Habían pasado tres años antes para que madurara el emprendimiento definitivo hacia la iglesia. La luz, la voz, la revelación, la epifanía o como se le quiera llamar le llegó casi al cumplir los 18 años. Curiosamente Jorge se iba para una fiesta, con sus amigos de adolescencia, Alberto D'Arezzo, Abel Sala, Oscar Crespo y Francisco Spinoza, pero antes entró un rato en la iglesia de San José de Flores, allí se confesó con un sacerdote bastante afable. Aquel 21 de septiembre de 1953, al salir del confesionario, cuenta el propio papa, que sintió una tranquilidad tan inconmensurable que decidió regresar a casa mientras su mente le decía que debía ser cura.

“Se enojó mal”, diría tiempo después refiriéndose a su madre quien no lo acompañó al seminario y quien nunca lo visitó, aunque los fines de semana lo recibía en casa como si no estuviera haciendo carrera para cura. Por esos mismos días hubo una tribulación en su vida. De pronto antes de partir al seminario, cayó en cama. Los médicos le revisaron y no daban con la causa de la enfermedad. Entonces hallaron que el problema estaba en su pulmón derecho. Allí le encontraron tres quistes que debían extirpar o podía morir. Era un joven deportista, sano, que no bebía y mucho menos fumaba. Tal vez, fue en esas condiciones y tras recuperarse que con más ganas partió hacia el servicio de Dios.

En el seminario se encontraría con otro cura que marcaría su vida. Se trata de Enrique Pozzoli, un líder salesiano de Almagro. Fue él quien le aconsejó a Bergoglio que se trasladara como seminarista a Tandil, donde podía seguir mejor los pasos de Don Bosco, pero además mejorar la parte del pulmón derecho que le había quedado. Lo hizo, pero curiosamente un año después se decidió por ingresar a la Compañía de Jesús; es decir, seguir los pasos de San San Ignacio de Loyola. De ahí en adelante profesar votos de obediencia, pobreza y castidad.

Dentro de la Compañía haría estudios de historia, literatura, latín y griego. Tras el noviciado fue enviado en 1964 a dictar clase en el Colegio de la Inmaculada Concepción, en la provincia de Santa Fe. Su aspecto físico era tan joven que los alumnos lo bautizarían con el sobrenombre de ‘Carucha’. Sin embargo, sus clases de literatura se habían convertido en un culto dentro del claustro. Un día, por aquella época, les dijo a sus alumnos que cada uno debía realizar un cuento, aunque a los que les quedara difícil la ficción podían realizar un escrito de cualquier cosa, pero que le imprimieran su mayor esfuerzo porque alguien llegaría invitado desde Buenos Aires para leer los textos y calificarlos.

Ninguno de los alumnos imaginó que aquel agosto de 1965 entraría por la puerta del salón de clase el mismísimo Jorge Luis Borges. El escritor más respetado de la Argentina no había tenido inconveniente en llegar en tren hasta Santa Fe. Ayudado por Bergoglio, ya con sus problemas de ceguera avanzados, se sentó enfrente de los alumnos e inició una clase magistral sobre la literatura gaucha. Pero además el maestro de las letras les anunció que se quedaría dos días más y que escucharía la lectura de cada uno de los cuentos, tanto para aconsejar como para corregirlos. De ese episodio saldría un libro que hoy no se consigue en ninguna parte pero que hace parte de la grandeza de Borges y Bergoglio. Los dos escogieron 14 historias y titularon la recopilación como ‘Textos Originales’ con prólogo del propio Borges.

Jorge Mario Bergoglio prácticamente se ordenó sacerdote a los 33 años. La edad de cristo. Era diciembre de 1969 y aquella vez se llevó una gran sorpresa. Dentro de los asistentes estaba su madre Regina, quien en un acto de gran humildad se acercó a su hijo y le pidió que le diera la bendición. Por esos mismos días también estaba próximo a finalizar sus estudios en teología en el Colegio Máximo de San José. Curiosamente su primer viaje al exterior fue a Colombia en 1970, justo antes de viajar hacia España para pasar la tercera dura y ardua prueba de su noviciado como Jesuita. Sus homilías comenzarían a hacer eco en los corrillos de la iglesia Argentina, no solo por sus palabras sino porque lo que decía lo hacía. Era ejemplo. “La iglesia debe acercarse a los pobres y no los pobres llegar por hambre a la iglesia”, decía.

Bergoglio era de tomar cualquier microbús e irse hasta los confines de los barrios de invasión, dar misa y quedarse conversando con la gente para alentarlos a salir adelante. Lloraba sin que nadie lo viera cuando regresaba al centro de Buenos Aires. De hecho su primer gran nombramiento, sin pedirlo, fue como provincial de los jesuitas en la Argentina en el año 1973. Apenas si tenía 36 años y había quedado al frente de velar por más de 160 sacerdotes y media docena de casas cúrales.

Pero aquella década se vendría una experiencia amarga para todos los argentinos: la dictadura militar de José Rafael Videla. Era 1976 y cierta parte de grupos militares iniciaron un trabajo de limpieza social contra todo aquel que oliera a izquierda o comunismo. Fueron decenas de personas las que acudieron a los favores del padre Bergoglio. Con toda la “calle” que había recogido durante sus años de andarla, Bergoglio fue capaz de diseñar planes tanto para esconder gente, como para sacar algunos perseguidos políticos del país y para presionar la liberación de secuestrados.

Se comprometió tanto en salvar vidas que fue capaz de entregarle su propio documento de identidad a un joven en peligro, disfrazarlo de cura y llevarlo él mismo hasta el transporte para sacarlo del país. Un día, muy preocupado por la vida de los curas Orlando Yorio y Francisco Jalics, quienes habían sido secuestrados en la villa de Rivadavia, le pidió al capellán que le oficiaba las misas a Videla que se hiciera el enfermo para él celebrar el ritual y estar cerca del teniente general. Mucho tiempo después se supo que no solo habló con Videla para que liberaran a Yorio y a Jalics sino que también lo hizo con un almirante de apellido Massera que tenía mucha injerencia en la cúpula militar. Los dos curas finalmente saldrían con vida, pero enemigos de Bergoglio tergiversarían la historia afirmando que por él, habían sido secuestrados y torturados.

Como párroco a mediados de los años ochenta y noventa fundó cuatro nuevas iglesias y logró montar media docena de comedores para los niños pobres. El 13 de mayo de 1992 al sacerdote Jorge Mario Bergoglio lo mandó llamar monseñor Ubaldo Calabresi a la sala de espera del aeropuerto de Ezeiza. Hablaron de variedad de cosas sobre el trabajo en Buenos Aires. Bergoglio pensó que lo estaban regañando sin regañar, pero justo cuando monseñor se iba a subir al avión le soltó una gran noticia: “fuiste nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires, la designación se hace dentro de ocho días”.

Vaticanistas que han investigado la vida de Bergoglio han coincidido en una cosa: el argentino nunca ha hecho lobby para ascender en la iglesia. Eran sus actos los que hacían que la gente le echara el ojo. Algo parecido sucedió cinco años más tarde, el martes 27 de mayo de 1997. Monseñor Calabresi lo invitó a almorzar a su casa. Allí en medio de disertaciones un empleado apareció con un pastel y champagne. Bergoglio confiesa que pensó que era el cumpleaños de Calabresi y que casi se atreve a felicitarlo. Pero no. Ese día le anunció que desde Roma había sido nombrado como el nuevo obispo coadjutor de Buenos Aires. Un año más tarde murió Antonio Quarracino y Bergoglio lo sucedió como arzobispo de Buenos Aires; es decir, gran primado de la Argentina.

al vez el año clave en su vida fue el 2001. Por aquellos días el papa Juan Pablo II lo hizo cardenal de modo que su nombre se agregó al selecto grupo de purpurados del planeta. Y, él, Jorge Mario, como siempre, dejó su huella en dicha ocasión. A todos los que le pidieron acompañarlo a su nombramiento en Roma les hizo una solicitud: que en lugar de gastarse la plata en ese viaje, la donaran a los pobres.

Ese mismo año ocurrió algo que está dentro de lo que tiene que suceder. El relator general del sínodo de obispos del 2001 era el padre Edward Egan, pero tuvo que viajar a New York por el atentado contra las torres gemelas, de modo que Bergoglio fue escogido como su remplazo. Lo hizo tan bien que fue el más votado para representar al continente americano en el consejo sinodal. Entonces llegaría la muerte Juan Pablo II y el conclave del año 2005. Aunque todos los purpurados juran silencio total de todo cuanto acontece dentro de la elección del nuevo papa, a la prensa se filtraría que el argentino había sacado 40 votos, pero que con un argumento valioso les había pedido a sus seguidores que se los dieran al alemán Joseph Ratzinger “Ya que tanta fumatas negras harían pensar al mundo que la iglesia estaba totalmente dividida”.

Bergoglio pensó que se había salvado de ese fierro caliente. Pero con lo que no contaba era con la renuncia de Benedicto XVI en febrero del año 2013. La elección estaba tan clara que duró apenas un día. Esa misma semana dejó en claro el tipo de papa que iba a ser. Primero no quiso quedarse a vivir en el tercer piso del lujoso palacio del Vaticano sino quedarse en la modesta habitación 201 en la residencia de Santa Marta en un cuarto de 50 metros cuadrados, e incluso desayunar y almorzar junto a la gente que pasa por aquella sede. Un papa de la gente. No le gusta andar en la limosina papal sino que anda en un sencillo Ford Focus color azul. Tampoco le gusta que respondan las cartas por él. Siempre trata de hacerlo él mismo. Igual pasa con las llamadas telefónicas, es quizá el primer papa que ha llamado directamente a una decena de fieles a darles consejos o alientos.

Tal vez por ello, fue él mismo quien seis días después de haber sido ungido como el vicario de Cristo en la Tierra, sacó su agenda, marcó un número del teléfono de la Argentina y llamó al dependiente que le dejaba todos los días el periódico en su morada de Buenos Aires, solo para decirle que le disculpara, que debía cancelar la suscripción porque lo habían elegido papa y no podía hacer nada. Solo pedirle… que rezaran por él.

Créditos bibliografía:
Un tinto con el papa Francisco / Néstor Pongutá
El Jesuita / Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti
Diario La Nación, Diario El Clarín, BBC, RT Noticias, Prensa Vaticano

Publicado en:

http://www.wradio.com.co/noticias/actualidad/la-historia-de-francisco-el-papa-de-la-gente/20170906/nota/3571345.aspx


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Francisco, así es el hombre bajo la piel del papa que llega a Colombia

Por Francesca Ambrogetti (*), Especial, 8 de agosto de 2017, 10:41 a.m.

Estos son los momentos más importantes en la vida del papa Francisco, según una de sus biógrafas. Faltan pocas horas para el arribo del sumo pontífice a Colombia.

Tuve mi primer contacto personal directo con Jorge Mario Bergoglio por teléfono. Recuerdo casi con exactitud la fecha y las circunstancias: eran los primeros días de abril de 2001 y Argentina estaba viviendo la etapa previa de la gravísima crisis económica y social que terminaría estallando el 20 de diciembre de ese mismo año.

Quería invitar a un encuentro en la Asociación de Corresponsales Extranjeros, que en ese momento presidía, al máximo exponente de la Iglesia argentina. Apenas dos meses antes, en efecto, lo habían nombrado cardenal primado de su país.

La experiencia de anteriores invitaciones de ese tipo me hacía prever que tendría que explicar el motivo del llamado a no menos de un par de secretarias y esperar varios días la respuesta. Dejo al lector imaginar mi sorpresa, al escuchar del otro lado del aparato la amable voz de alguien que se presentó como el padre Bergoglio. Mi interlocutor aceptó la invitación, pero con la misma gentileza rechazó la oferta de enviar un auto a buscarlo. “En la ciudad me muevo con el transporte público”, aclaró. Al llegar nos sorprendió nuevamente: se presentó solo, vestido como un simple sacerdote y con el muy usado portafolio negro, que lo acompañaría –en un futuro que nadie podía imaginar en ese momento– en todos sus viajes papales.

En el curso del encuentro nos asombró, tal vez en contraste con la sencillez y afabilidad del trato, su inteligencia, sus conocimientos y su lúcida interpretación de la realidad. Sentimos que lo que habíamos escuchado no era sino una ‘degustación’ del pensamiento profundo de un hombre con una visión clara de la Iglesia, de su país y del mundo: ¡no había que perderlo! Sentí que era necesario escribir un libro y compartí el proyecto con Sergio Rubin, un valioso periodista experto en temas religiosos.

Tardamos varios años en lograr que aceptara, y en que nuestros diálogos se plasmaran en un libro que en su primera edición de 2010 se publicó con el título de El jesuita. Lo que ocurrió después nos convenció, sin embargo, de que la espera había valido la pena. El futuro papa –un destino que ni él ni nosotros imaginamos en ningún momento– nos abrió su mente y su corazón, contando no solo lo que pensaba, sino también lo que sentía y compartiendo con nosotros distintos momentos de su vida.

Juntos recorrimos las etapas más significativas de un camino que lo llevaría tan lejos. Comenzando por la experiencia de la emigración que vivió su familia originaria de Portacomaro, un pequeño pueblo de la región de Piamonte en el norte de Italia, que en 1928 decidió emprender la aventura de cruzar el océano. “No estaban mal, en Italia tenían una confitería –relató Bergoglio–, pero mi abuelo quiso reunirse con tres de sus hermanos que habían emigrado en 1922 a Paraná donde habían creado una empresa de pavimentos”.

Antes de viajar con su esposa Rosa y su único hijo Mario José Francisco, padre del futuro pontífice, Juan Bergoglio había vendido sus bienes para volver a empezar en el nuevo mundo. Una demora en esa operación les salvó la vida ya que debían embarcar en el buque Principessa Mafalda que se hundió al norte de Brasil antes de llegar a su destino. Finalmente realizaron el viaje en otro barco, el Giulio Cesare que atracó en el puerto de Buenos Aires en el mes de enero de 1929. De allí fueron directamente a Paraná, una pequeña ciudad a orillas del río del mismo nombre a 400 kilómetros al norte de Buenos Aires, donde vivieron hasta 1932 cuando la crisis económica los obligó a volver a la capital y a comenzar de cero.

En esta ciudad, en una misa en el oratorio salesiano de San José, el joven Mario conoce en 1934 a Regina Sivori, hija de una familia de emigrantes de su misma región, con la que se casa al año siguiente. El 17 de diciembre de 1936 nace su primer hijo al que bautizan el día de Navidad de ese año como Jorge Mario, un nombre que poco más de 77 años más tarde decidiría cambiar por el de Francisco.

Vivían en Flores, un barrio de casas bajas de la zona oeste de Buenos Aires donde la familia se fue agrandando con el nacimiento de otros cuatro hijos: Oscar Adrián, Alberto Horacio, Marta Regina y María Elena. La infancia del futuro pontífice fue feliz en sus recuerdos, sin necesidades, pero sin lujos. Y en esta parte de la historia aparece con fuerza la figura de la abuela Rosa, la madre de su padre, que supo transmitirle la herencia de una fe profunda e inconmovible.

En sus relatos no faltaron las anécdotas: las tardes del sábado escuchando ópera por radio con su madre y sus hermanos; los domingos en familia viendo un partido de fútbol en el estadio de San Lorenzo, el equipo que aún sigue con entusiasmo; las salidas al cine para ver los últimos filmes italianos que a sus padres les recordaban el país que habían dejado atrás; y finalmente las lecciones de cocina. “Mamá quedó paralítica después del quinto parto, aunque con el tiempo se repuso –cuenta en El jesuita– y no podía hacer las tareas domésticas. Cuando llegábamos del colegio tenía los ingredientes preparados y nos decía cómo teníamos que mezclarlos y cocinarlos”. Ante la pregunta acerca de si se había convertido en un buen cocinero, nos respondió con ironía que por lo menos nunca había matado a nadie. Los que han probado sus platos, sin embargo, sostienen que no lo hacía nada mal.

Su larga carrera académica comienza a los 5 años en el Jardín Maternal del Instituto de las Hermanas de la Misericordia, donde no puede continuar la escuela primaria porque las religiosas solo educaban niñas. Concurre entonces a un colegio del estado muy cerca de su casa, la escuela n.º 8 Pedro Cerviño. El colegio en el que continuó su educación secundaria tampoco quedaba lejos, en el barrio aledaño de Floresta. Era la escuela técnica n.º 12 donde se recibió seis años más tarde de técnico químico.

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La adolescencia fue marcada por la valiosa experiencia del trabajo. Comenzó a los 13 años por consejo de su padre con una frase que nunca olvidó: “Conviene que comiences a trabajar”. Las primeras tareas fueron de limpieza en una fábrica de medias en la que su padre llevaba la contabilidad. Siguió con trabajos administrativos y luego, ya cerca de terminar el colegio técnico, en un laboratorio. Sus jornadas divididas entre la escuela y el empleo eran largas: arrancaban muy temprano y terminaban casi a la hora de la cena, pero recuerda esa época con agradecimiento. “El trabajo es una de las cosas que mejor me hizo en la vida y aprendí lo bueno y lo malo de toda tarea humana”, nos dijo, remarcando su convencimiento de que es precisamente el trabajo el que da dignidad a una persona, no el abolengo ni el estudio.

Cuando era joven, a Jorge Bergoglio, como a la mayoría de su edad, le gustaba bailar y el tango y la milonga eran sus preferidos. Hacía deportes, coleccionaba estampillas y tuvo un noviazgo que, según él mismo contó, terminó cuando sintió la vocación religiosa. Un momento central en la vida del futuro papa que recuerda siempre con profunda emoción.
Una confesión con un sacerdote desconocido le cambió la vida según su propio relato. Tenía 17 años y el 21 de septiembre se preparaba para festejar la llegada de la primavera austral dando un paseo con su grupo de amigos. Nunca llegó a esa cita porque antes pasó por la iglesia de su barrio donde alguien más lo aguardaba sin él saberlo. “Fue la sorpresa, el estupor del encuentro con quien te está esperando, Dios que siempre llega primero”, nos dijo.

La entrada al seminario, sin embargo, demoró un tiempo. Su padre y su abuela recibieron la noticia con alegría. No así la mamá que soñaba con un hijo médico y le pedía que madurara un poco más la decisión de la que se había enterado casualmente viendo en su escritorio libros de teología. “Voy a estudiar medicina –fue la explicación–, pero para curar las almas”. Este episodio de su vida nos dio pie a nosotros para una ironía. “Tal vez su madre pensó que no era lo suyo, que no iba a llegar lejos en esta carrera…”, comentamos, sin saber que pocos años después el que ya era cardenal primado de Argentina iba a ser elegido sucesor de Pedro.

Estando ya en el seminario otra experiencia lo marcó a fuego. Una grave neumonía a consecuencia de la cual sufrió la ablación de la parte superior del pulmón derecho, donde le habían encontrado unos quistes, casi priva al mundo del papa latinoamericano. Jorge vio la muerte de cerca y sufrió mucho sin encontrar consuelo, sino en las palabras de una religiosa a la que quería mucho: “Lo estás imitando a Jesús”. Una frase que nunca olvidó y que lo ayudó entender y dar sentido a su propio padecimiento y al de los otros, tomando en cuenta que “el dolor no es una virtud en sí misma, sino que puede ser virtuoso el modo en que se lo asume”.

Bergoglio cursó los primeros dos años de estudio para sacerdote en el seminario diocesano y los siguientes, tras otra opción importante en su vida, en el de la Compañía de Jesús. Antes de ordenarse vivió una etapa inolvidable para él y para quienes la compartieron, un grupo de adolescentes del prestigioso colegio de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Santa Fe, a los que le tocó dar clases de psicología y literatura durante dos periodos escolares. Con uno de ellos, Rogelio Pfirter, acaba de encontrarse nuevamente habiendo cambiado los roles: el profesor convertido en la cabeza de 1.200 millones de católicos y su entonces joven alumno como nuevo embajador argentino ante el Vaticano.

El diplomático, hablando de los años del colegio, lo recuerda como “sonriente, afectuoso y carismático, pero exigente y serio en lo académico. En las clases nos preparaba para la vida de la adultez, nos enseñaba a pensar, a tener derecho a hacer preguntas y no encontrar contradicciones entre lo que la ciencia y la tecnología podían producir y la fe”. Siguieron otros dos periodos de docencia en el Colegio de El Salvador de Buenos Aires y luego la tan esperada ordenación, el 13 de diciembre de 1969. Desde el deslumbramiento de la vocación habían pasado 12 años, de los cuales 8 fueron de intenso estudio y trabajo de preparación. La formación siguió otros 2 años en España y finalmente el 22 de abril de 1973 llegó la profesión perpetua como jesuita.

De regreso a la capital argentina, su “lugar en el mundo”, como la definió muchas veces, siguió enseñando en la Facultad de Teología de la localidad de San Miguel. Fue rector del llamado Colegio Máximo de los jesuitas hasta 1972, cuando con 36 años la compañía lo designó provincial, el más joven que se recuerde. Una época difícil y de prueba que recuerda con dolor, en un país signado para la violencia de una durísima dictadura militar. Bergoglio dio refugio a perseguidos y salvó vidas, pero hasta hoy sigue sufriendo por lo que no pudo hacer.

Después de un retiro como confesor en la ciudad de Córdoba –etapa que algunos de sus compañeros definieron como un exilio– regresó a su ciudad natal, su amada Buenos Aires, para seguir el recorrido que lo llevaría hasta ser el vicario de Cristo. El nombramiento de obispo llegó por sorpresa: se lo comunicó el nuncio apostólico Ubaldo Calabresi el 13 de mayo de 1992.

El 27 de junio del mismo año recibió la ordenación episcopal y pasó a desempeñarse como uno de los cinco obispos auxiliares de Buenos Aires a cargo de la vicaría de Flores, el barrio porteño donde creció y nació su vocación. Una etapa feliz para el padre Bergoglio –así quiso siempre que continuaran llamándolo– hasta que llegó otra importante noticia. Es nuevamente el nuncio quién se la comunica en un almuerzo en el que hace traer una botella de champagne y una torta. Ante la sorpresa de su invitado, el anfitrión aclara que no es su cumpleaños, sino que hay festejar que ha sido nombrado obispo coadjutor de Buenos Aires con derecho a sucesión. Esto implicaba que sería el próximo arzobispo de la capital. Un cargo que asumió en febrero de 1998 al morir el cardenal Antonio Quarracino, su predecesor, el mismo que lo sacó del olvido y que creía firmemente en su dotes para conducir la Iglesia argentina.

Tres años después, en otra etapa difícil de la vida del país, sumergido en una crisis económica sin precedentes, fue nombrado cardenal. Ya en el cónclave de 2005, que eligió a Joseph Ratzinger como sucesor de Juan Pablo II, muchos de sus pares pusieron sus ojos en él como posible papa. En el 2013, tras la renuncia de Benedicto XVI, la gran mayoría (según trascendidos 100 de los 117 electores optaron por su candidatura) no tuvo más dudas: Jorge Bergoglio era el hombre que necesitaba la Iglesia.

Desde su llegada al trono de San Pedro, el 13 de marzo de 2013, quien elegiría por primera vez en la historia del pontificado el nombre de Francisco no dejó de sorprender. En su primer mensaje cercano y coloquial dijo que sus hermanos cardenales lo habían ido a buscar casi al fin del mundo. Una mención correcta geográficamente, pero que no reflejaba la realidad de su procedencia: Buenos Aires, una metrópolis cosmopolita de la que el cuento El Aleph, del gran escritor argentino Jorge Luis Borges, casi parece una metáfora. Una ciudad donde pudo tocar de cerca muchos de los males que hoy sufre el mundo, pero también ver y dar maravillosos ejemplos de altruismo y solidaridad.

En todos los años de su largo recorrido eclesiástico y hasta hoy, Jorge Bergoglio nunca dejó de seguir su verdadera vocación, la de ser un pastor que imparte los sacramentos, que está cerca de sus fieles, que los visita en especial en los lugares de dolor acompañando a los que sufren, siempre cerca de los desvalidos y tomando distancia de los poderosos. Un pastor con los pies en la tierra, las manos tendidas y una ejemplificadora coherencia de vida. Con una gran sabiduría, pero sensible y cercano, capaz de escuchar y entender al otro. Con una mente clara, el corazón abierto y la mirada hacía los hombres y hacia Dios.

Muchos dicen que la Iglesia y el mundo lo estaban esperando para un profundo cambio, que solo puede partir de la conciencia personal y colectiva.

*Coautora de El jesuita (2010).

Publicado en:

http://www.semana.com/nacion/articulo/papa-francisco-en-colombia-momentos-mas-importante-de-su-vida-segun-su-biografa/534573


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10 enseñanzas del papa Francisco

Un hombre que desde muy temprano supo que siempre es mejor servir a los demás, ser humilde y tender una mano hacia los más necesitados. Una decena de sabias frases para pensar e incorporar a nuestra vida.

Clarin.com, Epiritualidad, 08 de julio de 2015 - 09:18

1 - “No le saquen el cuero a nadie”

El papa Francisco fue lo primero que les dijo a los argentinos tras ser elegido, cuando llamó por sorpresa a la gente que estaba de vigilia en la catedral metropolitana, en la madrugada de su asunción como Sumo Pontífice. Y en la misma línea, nos invitó en más de una ocasión a no ser envidiosos y a no juzgar a los demás.

2 - “Prediquen con el ejemplo”

Una de sus mayores virtudes es que su palabra y su acción coinciden plenamente. No se queda hablando de la pobreza: va junto a los pobres. No sólo propone visitar a los enfermos, va y los visita. Además de llamar a la austeridad, vive de esa manera. Incluso siendo Papa. Por eso, podemos decir que él más que nadie predica con el ejemplo.

3 - “Sean serviciales”

En una de sus primeras homilías como papa, destacó: “El verdadero poder es el servicio a los demás”. Pareció un mensaje dirigido a los gobernantes de todo el mundo, pero mucho antes, allá por 2005, había dicho eso mismo en la fiesta de San Cayetano, donde concluyó: “Hay que servir hasta que se note que es igual el que sirve y el que es atendido”.

4 - “Cuiden la naturaleza”

A tono con el mensaje del santo que inspiró su nombre (san Francisco de Asís), el papa argentino nos llama a comprometernos con el cuidado de la naturaleza. Como ocurre con todos sus pedidos, la única forma de que se cumpla es que cada uno desde lo personal lo haga, porque él no les habla a las masas, sino que se dirige a cada persona en particular.

5 - “Vayan contra la corriente”

En el mismo sentido que con su famoso “hagan lío”, Francisco nos invita a defender nuestros valores y alejarnos de las tentaciones del mundo. A eso llama ir contra la corriente, no a rebelarse contra la autoridad ni a generar disturbios, sino a pedir y exigir respeto, educación, honestidad, humildad, etc., etc. a quienes nos rodean y a nosotros mismos.

6 - “Escuchen a los viejos”

Así de clarito, como cada vez que habla, Francisco nos recuerda que los mayores no son material descartable de una sociedad, sino parte vital de nuestro transcurrir como especie. Él siempre recuerda todo lo que aprendió de su abuela y asegura que la experiencia de vida de nuestros antecesores es un tesoro que no debemos dejar de valorar.

7 - “No idolatren al dinero”

Francisco tuiteó: “La lógica mundana nos empuja hacia el éxito, el dominio, el dinero; la lógica de Dios, hacia la humildad, el servicio y el amor.” Esto refuerza su reiterado mensaje de que en la sociedad actual se crean permanentemente nuevos ídolos, “llevados en el carro del consumismo para que la gente se enganche”.

8 - “Dialoguen”

Es otro de los primeros pedidos que hizo a los argentinos en aquella madrugada en la Catedral. Pero tampoco es un mensaje nuevo, de hecho fue él mismo quien promovió en 2001 la “Mesa del diálogo argentino”. Recientemente, volvió a recalcar ante un grupo de estudiantes: “No se puede tener paz sin diálogo”.

9 - “Díganle ‘no’ a la corrupción”

A dos meses de asumir, habló a los gobernantes de todo el mundo, recalcando que el dinero debe servir, no gobernar, y que la corrupción tentacular significa robarles a los pobres y quitarles sus vidas. Condenó también la evasión fiscal, que es egoísta, y el consumismo que deja afuera a los más pobres.

10 - “Sean valientes”

Siguiendo con su prédica de “ir contra la corriente”, el papa Francisco nos invita a ser valientes para defender nuestras convicciones, para aceptar errores, para decir lo que pensamos aunque los demás se burlen; para respetar la fila aunque los demás nos pasen por la banquina; para decirle al réferi que no fue gol si la tocamos con la mano…

A partir de esta última enseñanza, podríamos decir que todo esto que nos pide el papa Francisco, en este mundo y en este siglo, no es para cualquiera. Es sólo para valientes.

Por Federico Böttcher Sorondo (@fedebottcher), autor del libro “Las enseñanzas de Francisco” (Ediciones B) y director de la revista interCole.



Fuente: www.wradio.com.co
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