Escribir cuentos es como tallar esculturas. Cada página debe ser cincelada renglón por reglón, hoja por hoja.
Por su brevedad deben trasmitir emociones, sentimientos, sensaciones, suspenso y sobretodo, mantener ritmos agradables de lectura. Me agradan los que con dos o tres pinceladas introducen al leyente a una situación y lo mantienen en vilo hasta su desenlace. También por su frescura y naturalidad, la economía de palabras y los finales sorprendentes.
La narración debe cautivar: “Si el viaje no es entretenido, el pueblo a donde vas siempre queda lejos” (Luis Landricina)
El cuidado del lenguaje es importante pero es imprescindible llamar a las cosas por su nombre. “Hay palabras que son irremplazables: mierda es mierda” dijo Roberto Fontanarrosa en Rosario y sacudió a la Academia de letras. No es lo mismo decir ‘mala persona’ en lugar de soretudo, ‘sonso’ como sinónimo de huevón, o ‘mal parido’ en vez de hijo de puta; si la historia lo amerita es necesario usarlas.
Los rebusques y la ostentación literaria no son buenos. Narrar con refinamiento intelectual sobre la humedad del agua o la blancura de la nieve no tiene ningún sentido.
El tutelaje del rigor académico paraliza a muchos escritores y la crítica, cuando es despiada, duele; sobre todo en escritores nóveles pero no hay que preocuparse: detrás de ella se esconden los sabuesos literarios del error ajeno, escritores fustrados incapaces de escribir una sola línea que emocione: Criticos literarios, miles. Buenos escritores, pocos.
Ernest Hemingway, el famoso el escritor estadounidense, delegaba en sus editores la tarea de corregir sus escritos. Ellos lo hacían, pero se quejaban, aconsejándole que se esforzara un poco más; él siempre respondía: "Pero si para eso les pagan".
“Armonía y proporción” decían los griegos que -aplicado a la literatura- entiendo como el equilibrio necesario entre las formas y el fondo de un buen texto.
Tomás Juárez Beltrán