Tus hijos no tienen por qué ser el blanco de tus frustraciones

 
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Tus hijos no se merecen que descargues sobre ellos todo tu estrés, tu ansiedad, tus miedos y las malas vivencias que puedes experimentar en un día.

Tus hijos no tienen por qué ser el blanco de tus frustraciones

Es fácil gritarles, enfadarse con ellos e, incluso, castigarles sin motivo.

Sin embargo, no te das cuenta de que ellos no tienen la culpa de lo mal que te haya ido en tu jornada o lo frustrado que te sientas por las diferencias que tienes con tu pareja, por ejemplo.

Nadie tiene la culpa, y mucho menos ellos, de todo lo que te pueda ocurrir.

El riesgo de estallar con quien menos se lo merece

En muchas ocasiones, descargar tus frustraciones con tus hijos deja entrever una acumulación de emociones y palabras no dichas que tienen, de alguna manera, que salir.

Ya sea porque quieres mantener la compostura ante tu jefe y no deseas decirle todo lo que piensas por miedo a que te eche del trabajo, o porque llevas aguantándole determinados comportamientos que desapruebas a tu pareja.

Todo esto provoca que estalles con quien menos se lo merece.

Es más, escoges a quien no se puede defender, con quien puedes ejercer determinado poder.

No te van a responder, y si así lo hacen, harás gala de la autoridad que tienes ante tus hijos cuando, en realidad, no estás siendo consciente de que estás perdiendo el control de la situación.

Esto que tanto guardas y que no te atreves a decirle a tu jefe no tiene por qué ser negativo. Busca las mejores palabras, sé respetuoso y adecúate al contexto, pero no te guardes para ti lo que sabes que terminará saliendo.

Asimismo, deja de soportar y de callarte ante los actos que tu pareja lleva a cabo.

Esto lo haces porque albergas la esperanza de que cambie su forma de actuar pero, si no se lo manifiestas verbalmente, ¿cómo podrá darse cuenta? No es adivina…

Los hijos sufren las consecuencias de tus frustraciones

Seguro que no lo has notado, pero esa descarga de miedos, odios y frustraciones tienen un fuerte impacto en esas pequeñas personitas inocentes que se están iniciando en este juego de la vida.

Cuanto menos soluciones tus problemas, más momentos negativos tendrán que protagonizar ellos sin saber muy bien por qué la más mínima equivocación que ellos protagonicen se convierte en todo un drama.

Si esta situación se alarga mucho en el tiempo, si no logras ponerle fin y darte cuenta de que tu forma de actuar no está solucionando el verdadero origen del problema, tus hijos pueden sufrir baja autoestima.

La autoestima es muy importante y, si en tu vida todo lo ves negro, así será todo lo que verás en ellos.

De repente, escogerás el refuerzo negativo, haciéndoles ver y percibir todo lo que hacen mal. Pero, ¿y lo que hacen bien? Lo obviarás.

Aunque ahora sean pequeños, en un futuro no muy lejano tendrán graves problemas, no solo para sentirse válidos, aptos y capaces para desempeñar cualquier trabajo o proyecto, sino también en sus relaciones personales.

La culpa no la tienen los demás

Volviendo a los ejemplos ya mencionados, puede que pienses que la culpa la tiene ese jefe que no se comporta de forma adecuada contigo, o tu pareja, que no es lo suficientemente considerada.

Sin embargo, es necesario que veas todo esto desde otro ángulo.

La culpa no la tienen los demás, sino que eres tú el que está respondiendo a todo lo que te ocurre de la manera menos correcta.

No expresándote, callándote y suponiendo cómo van a actuar los demás, algo que no va a pasar tal y como esperas.

Deja los miedos, las inseguridades y exprésate con total libertad. Toma decisiones y deja de actuar de una forma diferente a la que piensas.

Si estás en paz contigo mismo, entonces no necesitarás que nadie se convierta en tu saco de boxeo diario para desahogarte.

Tus hijos no tienen la culpa, los demás tampoco. Empieza a actuar soltando los miedos, los “y si…” y las expectativas.

Céntrate en el presente y actúa en el momento debido. No lo guardes, no lo retengas; suéltalo y te sentirás libre.

Fuente: mejorconsalud.com
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