13 febrero 2017
"Se paró el tiempo, ya nada servía, nada era vida, solo dolor y, quizás, una muy perdida esperanza al principio que ha ido remitiendo con el paso de estos últimos ocho meses. Él, solo él, creía en su recuperación y a todos nos animaba y miraba con sus reflexiones sobre las maldades de la salud, nunca peores que las del amor - solía decirnos él cuando bajaba el tono por culpa de la quimio".
Así me contó Maru su tragedia en una parte de su larga charla. Estuve un buen rato hablando con ella, una de las anónimas y envidiables personas que componen el grupo del voluntariado para la ayuda a los enfermos del cáncer en cualquier Hospital. Son gente especial, quizás única, gente que se siente muy vinculada a la enfermedad ... gente singular, unas a veces muy motivadas al haber sido personalmente afectadas por el mal, (la mayoría), otras son solo seres que tienen por don el altruismo como elemento vital en su normal forma de ser. Todas ellas ... gente envidiable.
Maru me despidió con un lacónico "¿Haces algo para luchar contra él? ¿Solo existirá el mal cuando lo tengas cerca? No esperes, Enrique, haz algo, hagamos que el mundo haga algo para combatirlo, para acabar con él ... luchemos, ya, no dejemos que se nos arrebate la vida de esa forma tan cruel como aleatoria ... como estúpida e intemporal. Piensa en ello."
Y yo me fui, silenciosamente, expuesto a cualquier derroche de emociones y así fue que apenas llegué al Ateneo de los cafés de puchero de media mañana, me abracé a mi amiga Leonor que venía de velar a un anciano amigo en el Tanatorio de San Vicente y ahí anduvimos los dos, echando lágrima y moco sutil, (como gente discreta que somos), durante un largo minuto hasta que la niña de la cofia que ayuda a La Loli con eso del Bar, las copas y los cruasáns, nos dijera, en un perfecto alemán que aprendería de uno de sus padres: "Nichts Freude zu weinen ..." y nos puso la mañana al sol trayéndonos una botella de Mistela congelada y un par de chupitos que puso en alerta a "la peña" que se apuntó al evento de forma tan tradicional como necesaria, claro, sí, la de esos viejitos de mi edad que se emocionan con cualquier blandenguería a la que se les ofrezca participar en un entorno cercano, perversamente oculto y discreto, pero sincero. Son mis amigos ... son gente de mi edad racional, lo mejor de cada casa, gente que necesita ese calor que a veces no encuentran cerca, muy cerca.
Fuente: etfreixes.blogspot.com.es