Fue un docente de extensa trayectoria en establecimientos educativos de City Bell, pero más allá del gran respeto profesional que se ganó en ese ámbito, Jorge Abel Iturmendi fue un hombre noble, solidario y recto. A raíz de esos y otros valores, su fallecimiento provocó un profundo dolor entre quienes tuvieron la oportunidad de conocerlo.
Había nacido el 23 de noviembre de 1941 en la ciudad de Dolores, Buenos Aires. Sus padres fueron Juan Iturmendi y Dominga Gulemi y creció junto a su hermano Juan Carlos. Terminó sus estudios secundarios a los 16 años y al cumplir 17, decidió trabajar un año como maestro rural.
Luego quiso continuar sus estudios y llegó a la Ciudad para ingresar a la Universidad Nacional de La Plata de donde se graduó como profesor de Historia. Después se trasladó a Comodoro Rivadavia para desempeñarse como secretario académico de la Universidad de la Patagonia.
Años más tarde regresó a la Ciudad e ingresó al Archivo Histórico de la Provincia. Además comenzó su extensa carrera docente en el Colegio Estrada de City Bell y alcanzó el cargo de rector entre los años 1987 y 1992, aunque optó por apartarse de esa responsabilidad para retomar el dictado de las clases de Historia. En el año 1995 comenzó a trabajar en los niveles secundario y terciario del Colegio Esquiú de City Bell.
Tan grande fue su vocación que el proyecto de jubilarse siempre fue una idea lejana, postergada por sus ansias de seguir contando y reflexionando sobre los temas de historia junto a sus alumnos. Para el momento del retiro se imaginaba al frente de sus alumnos de magisterio, dando charlas y conferencias.
En 1969 se casó con Edith Esurmendi y se radicó en Gonnet. La familia creció con la llegada de sus hijas Mercedes, Celina y Leticia. Con los años tuvo la dicha de convertirse en abuelo de Valentín, un niño al que le dio todo su amor y dedicación. En 1987 falleció su esposa, uno de los golpes más duros que le dio la vida. A partir de ese momento fue padre y madre de sus hijas, a quienes siempre les inculcó las herramientas para que crecieran como personas independientes, sensibles, íntegras y capacitadas para enfrentar las distintas circunstancias.
Cultivó un profundo mundo interior, lo que le permitió ser un hombre reflexivo de férreos valores y atento a las necesidades del prójimo. Siempre se mostró dispuesto a ofrecer la palabra justa y aceptar la diversidad de pensamiento. Tuvo también una gran afinidad con los jóvenes y por eso se preocupaba por mantenerse actualizado.
En su tiempo libre fue un apasionado por la lectura. También le gustaba caminar 11 kilómetros diarios en la República de los Niños, actividad que calificaba como su terapia para descontracturarse.
También le gustaba jugar al ajedrez, investigar acerca de distintos deportes y frecuentar a los amigos que le dejó el ejercicio de su profesión.
Fuente: www.eldia.com.ar