Bolívar (el Libertador) contra Rosero (autor de la novela)

 
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No nos equivoquemos, la apuesta más ambiciosa de Evelio Rosero (nacido en Bogotá, Colombia, 1958) es su novela dedicada a desentrañar el mito del libertador. La carroza de Bolívar es una narración bien cuidada y con espíritu abarcador.

Bolívar (el Libertador) contra Rosero (autor de  la novela)

Carátula de la novela por Evelio Rosero, La carroza de Bolívar, Tusquets, México, 2012. Artículo por Camilo Álzate, en: literariedad.co

No ahorra páginas al enfrentar temas tan diversos como la historia del sur andino colombiano o los conflictos políticos que se gestaban durante los años 60, para saltar a una fracturada relación familiar de sus personajes, merodeando luego por la idiosincrasia enigmática de los habitantes de San Juan de Pasto (Nariño, Colombia), a la vez alegres pero reservados, carnavalescos pero nostálgicos, miembros de una sociedad al tiempo hipócrita y desenfadada.

Rosero arremete contra la leyenda bolivariana, demasiado endeble para andarse impune doscientos años. Con discusiones eruditas sus personajes introducen un inventario de detalles olvidados, datos perdidos, evidencias históricas, resultado de una profunda investigación basada en certezas, no en delirios patrioteros.

Corrobora lo que han señalado intelectuales tan distantes como Marx, Sañudo o Salvador de Madariaga: Bolívar fue un matarife sanguinario, asesino excepcional y desquiciado engrandecido por la leyenda de la independencia pero minúsculo según su vida real cubierta de traiciones, violaciones de jovencitas, genocidios, conspiraciones oportunistas, amén de una egolatría destructiva y detestable.

La inmensa vanidad del líder hizo estilo en las jóvenes repúblicas hasta nuestros días. Caudillismo, le dicen. Esas evidencias en manos del doctor Justo Pastor Proceso se transforman en una metáfora elocuente: la elaboración de una carroza para el famoso desfile del 6 enero en Pasto, con el monigote de Simón Bolívar escoltado por niñas vírgenes violadas, carroza adornada de bajorrelieves escenificando sus episodios más vergonzosos.

El fusilamiento del negro Piar. La traición a Miranda. Las estrepitosas derrotas al sur del río Juanambú a manos de indios insumisos y mal armados. Las vergonzosas huídas del tirano cobarde abandonando a sus tropas, por las que Marx le bautizó “el Napoleón de las retiradas”.

La imagen más sugerente, prometida desde las primeras páginas, sería esa carroza montada por un héroe ridículo y criminal entrando triunfal a los carnavales de una ciudad que lo recuerda como su verdugo sin aceptarlo en voz alta.

Una entrada para repetir hechos en farsa, siendo comedia de la otra llegada de Bolívar a tierras nariñenses cometiendo las peores matanzas que hubo en la independencia, con sevicia especial hacia mujeres, niños y ancianos inocentes. Rosero homenajea la memoria de los pastusos: primeras víctimas de una república tejida en sucesivas violencias.

Esa enumeración histórica es un acierto y un desacierto a la vez. El relato adquiere el tono de obra de teatro renacentista, donde los personajes alternan la conversación con el único propósito de deslizar datos, referencias históricas, discusiones eruditas. Así, voces bien construidas pierden credibilidad, acaban siendo un mero instrumento de la argumentación histórica para destruir el mito.

El lector espera, una página y otra también, ver desfilar esa carroza de la discordia cuyo rumor basta para desatar una catarata de odios y persecuciones, que siguiendo el curso de otra novela de Rosero derivan a una situación tensa de brutalidad y existencialismo.

Otro tropiezo del autor. Sentir que se repite con su pareja de esposos en crisis, con su médico solitario y viejo que acaba derrotado por los acontecimientos, perdiendo el control de la vida en días turbios bajo el sopor del carnaval que cierne la amenaza de la violencia. Queda así un mal sabor cuando aquellos protagonistas podrían ser a ratos los mismos de Los Ejércitos.

El resto del relato se toma con la borrachera desbocada del médico Justo Pastor Proceso, en busca de no se sabe bien qué, deambulando por Pasto sin percatarse que un grupo de estudiantes radicales lo busca con la intención de pegarle un tiro, por reaccionario, por ofender la memoria del libertador.

Excelente paradoja bolivariana: es figura intocable de liberales o conservadores, de militares o guerrilleros, de la ultraderecha o la izquierda radical. Todos idolatran su figura. Un monigote vaciado de contenido.

Al final no es Rosero contra Bolívar. Es Bolívar, el libertador de las cinco naciones, el mito fundacional latinoamericano, la leyenda que se hizo a pesar de sí misma, en contra de sí misma, la que arremete contra Rosero impidiendo que esta obra sea valorada y difundida como merece. Quizá a la novela, que ya ganó reconocimientos internacionales, le pasa lo mismo que a la carroza: espera escondida para desfilar en el carnaval.

Sería una lástima que este libro no consiguiera abrir la discusión que propone, opacado por la inercia del relato oficial sobre los hechos de la independencia. El debate más amplio se resume en una frase cogida al vuelo del texto: “No hay Dios en la historia de Colombia, ni justicia, y muchas veces son los más nocivos y parásitos quienes se salen con la suya” (pág. 225).

Una sentencia sintetizando nuestra formidable capacidad de crear fabulaciones y versiones históricas idílicas, sacralizando personajes que fueron nefastos dentro de su contexto. Pienso, por pensar, en algún Presidente mafioso elevado a la categoría de prócer y salvador de la nación, antes de escribir la conclusión dura pero muy cierta, por lo mismo difícil de sostener: “que Bolívar es una gran mentira, nada más” (pág. 149).

@camilagroso

Publicado en:

http://literariedad.co/2016/01/10/bolivar-contra-rosero/


***

La Carroza de Bolívar de Evelio Rosero

La reencontrada carroza de la novela histórica

Por Jorge Eliécer Pardo, 29 de marzo de 2012

El gran reto de un escritor comprometido con su tiempo —no con ideologías, mucho menos con partidos políticos— es lograr combinar las falsas realidades históricas con las falsas realidades de la ficción. Para llegar a las primeras el novelista debe investigar a fondo y deglutir toda esa información con el desafío de que al final no sea la que devore el libro. Ése el gran reto, la gran apuesta. Hay que correr el riesgo y pasar la cuerda floja que siempre el lector quiere cortar. Una vez al otro lado gana la novela, la historia y la ficción.


Las combinaciones, novela con telón histórico y niveles poéticos, existenciales y a veces eróticos, dan al texto un hálito íntimo que convive con el documento o la referencia sobre personajes de la historia. El texto histórico muchas veces ahoga, pesa, impone un ritmo y pliega al autor a las verdades de lo investigado, por ello la tercera persona del narrador es el mejor escondite para referir episodios o testimonios de la historia patria.

Hay una tendencia en América Latina (un joven narrador argentino acaba de ganar el premio Alfaguara con un libro sobre la Junta Militar) a reconstruir la memoria desde la palabra de la novela. En Colombia, muchos autores cuentan, por ejemplo, la guerra del narcotráfico desde la epidermis de los acontecimientos brutales pero de manera aséptica frente a lo que el suceso significa dentro de la sociedad. Tocar la mafia de la narcopolítica es un reto que pocos se atreven a asumir y que, a las editoriales poco les importa publicar.

Si la literatura contribuye al silencio, al borrón y cuenta nueva, al perdón y olvido, los pueblos están condenados a repetir los dolores de la sociedad. Aún nos deben las novelas sobre las generaciones de jóvenes que, tras una ilusión, una utopía, perdieron sus vidas en la añoranza de una patria mejor desde la lucha armada revolucionaria, no de las delaciones y estigmatizaciones sino desde la comprensión y lo que significó en cada uno de sus momentos.

La historia y la novela nos deben la verdad sobre el poder y la guerra, el poder de distintas épocas. Por eso la novela La carroza de Bolívar es valiente y cuestionadora, porque plantea la deshumanización de la guerra, el irrespeto por los derechos humanos en todos los tiempos. Poder y muerte donde los traicionados y asesinados siempre son los anónimos.

Es la primera vez que Rosero se arriesga escribir una novela con un personaje histórico: Simón Bolívar, El Libertador. Nos hace pensar que algunos escritores asumen una de las múltiples funciones de la literatura: tejer y destejer la memoria colectiva, con las verdades y mentiras de los historiadores y con las ficciones y especulaciones del novelista.

No es un Bolívar-héroe sino un Bolívar-antihéroe, referido en un libro (de José Rafael Sañudo) cuyos testimonios sirvieron a la novela. Hasta ahora nadie ha salido a contradecir los entrecomillados que, se supone, enmarcan las verdades del Bolívar con pretensiones monárquicas y su crueldad frente a los derrotados. Tampoco sus gustos por las impúberes hijas de los sometidos.

Los tiempos de crisis, los tiempos de la muerte y la guerra, los acontecimientos reescritos y vueltos a escribir, forman parte de la nueva lectura de los sucesos que contribuyen a esclarecer lo que han silenciado, negado o maquillado. El Bolívar de Rosero está referido a través de la historia documentada y oral de los pueblos del sur donde el lector advierte la intolerancia, el poder y las utopías.

Los grupos armados, minúsculos y utópicos de las guerrillas de la década de los sesenta están presentes, ironizados unas veces, en serio otras, pero demostrando que las contradicciones de nuestra sociedad colombiana no parten desde hace cincuenta años sino que vienen desde los odios que generaron hasta nuestros libertadores.

Con un lenguaje casi coloquial, cargado de sarcasmo, de erotismo y de conocimiento de los sentimientos de los personajes, todos ellos delineados y multifacéticos, con prosa inteligente y sagaz, con humor y justeza, nos permite transitar el libro con rabia unas veces, con risa otras.

La disyuntiva entre el texto narrativo y el histórico hace que el escritor se juegue el albur de un lector ávido de conocimiento de otras aristas de nuestra historia, o ese otro que busca sólo el divertimento en la anécdota y el goce estilístico.

Existe de igual forma el debate con los jóvenes alumnos, jóvenes estudiantes, jóvenes lectores que en muchos casos no quieren saber nada diferente a lo que han aprendido en las aulas de clase, de los profesores que repetieron siempre la misma historia de héroes, de buenos y malos. Los desmanes de Bolívar como las incursiones de los jóvenes guerrilleros, abren interrogaciones en el libro, de esa manera el autor se aleja de lo absoluto, solamente plantea y muestra la estupidez humana.

Esperamos a los defensores de El Libertador que, como en el caso de El General en su laberinto, de García Márquez, salieron a debatir. Si el silencio gana, ganará también el lado oscuro de Bolívar, lo que consigna el novelista para interrogar al héroe impenetrable como su estatua de bronce.

La novela gana en la historia regional con sus poderes locales, sus traiciones, obispos, profesores, artesanos, putas y guerrilleros caricaturizados. La novela gana en el tono y el lenguaje, tan colombiano, tan pastuso, a pesar de ser editada en España y México.

Oí en una entrevista a Rosero decir que no volverá a escribir novelas con historia patria, lo dijo con tono lastimero. Luego de Los ejércitos (premio de novela Tusquets, 2006) es inevitable volver a enfrentar la triste realidad que le ha tocado vivir y escribir.

El Nogal
Marzo 29 de 2012

Publicado en:

http://jorgeepardoescritor.blogspot.com.co/2012/03/la-carroza-de-bolivar-de-evelio-rosero.html?utm_source=BP_recent



Fuente: literariedad.co
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