DEL LIBRO "A LA LUZ DE LOS CAIRELES" DE EDITORIAL DUNKEN! ANTOLOGÍA

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ANTIGÜEDADES Y ALGO MÁS

DEL LIBRO "A LA LUZ DE LOS CAIRELES" DE EDITORIAL DUNKEN! ANTOLOGÍA

Barrio de San Telmo, en la calle Defensa al 800 se encuentra la casa de compra y venta de antigüedades del solitario don Humberto Quiroga; Un anciano de 75 años que habita en una piecita en los fondos del local desde hace más de 50 años y que cuenta historias espeluznantes de los variados artículos que por sus manos pasaron.
Una tarde ingresó al comercio un navegante español, quien fue a ofrecerle una vieja máquina fotográfica que había pertenecido a su familia desde el siglo pasado. La cámara de fotos, construida en una elegante caja de metal con marco de madera lustrada, una gran lente y un excelente visor para tomar fotos a no más de 8 metros de distancia, portaba un pie de tres patas construido en cedro y con vainas de bronce en sus finas puntas redondas. Una delicada tela de satén negro para cubrir la cabeza en el momento del enfoque y disparo y un pequeño manual instructivo totalmente escrito en latín acompañaban al selectivo instrumento. A don Humberto le gustó mucho la reliquia y sabía que con un buen precio en pocos días seguramente la vendería; pagó al viajero el dinero que éste le pidió y guardó el artefacto en un rincón para probarlo a la mañana siguiente.

El resto de la tarde siguió con normalidad; cerró el boliche a las 8 de la noche y se fue hasta lo de su amigo, un sexagenario que tenía una casa de revelado a unos escasos cien metros de su local con tan buena fortuna que consiguió los negativos para la vieja máquina de fotos y contento se fue para su vivienda.
Colocó un negativo en el portante de ésta, revisó la batería que la misma poseía ya que se notaba que había sido restaurada o sea modernizado a la época actual, despojándola del viejo sistema de iluminación a pólvora. La cámara había sido provista de una lámpara halógena conectada directamente al disparador, así la foto fuese tomada de día o de noche.
Teniendo ya todo organizado, preparó la cena, miró un poco de televisión y cerca de la medianoche se retiró a dormir.
El despertador sonó a las siete en punto de la mañana, un mate cocido con sobras de pan duro y a las ocho en punto levantó las pesadas cortinas del negocio. Con la luz del sol entrando por la gran vidriera, revisó como todos los días con una simple mirada todas las antigüedades que tenía dentro del local y descubrió que algo no estaba en su sitio, la vieja cámara recién comprada no estaba donde él la había dejado en un rincón, sino que se hallaba en el centro del local y enfocando a unas muñecas de porcelana del año 1893 que el mismo había restaurado y vestido con finas prendas de seda al estilo de aquella época.
Revisó la maquina con mucho cuidado y encontró que había sido disparada, sacó el negativo y lo llevó a lo de su amigo para que lo revelara cuanto antes y se quedó esperándolo. Cuando el caballero le entregó la foto el descubrimiento lo dejó perplejo, las dos muñecas de su negocio eran dos bellas mujeres, una rubia y la otra morocha de unos treinta años que llevaban puesto los mismos vestidos que él le había realizado a los juguetes de porcelana.
La foto en cuestión parecía tener los mismos años que las muñecas; de un color amarillento se divisaba en el fondo de la misma, un viejo granero y una carreta de aquel siglo pasado. Se retiró prontamente hacia su negocio sin decir ninguna palabra.
Buscó con su vista algún otro objeto para poder retractarlo y así saber si la máquina recreaba el origen de cada antigüedad y de quienes fueron o de donde provenían.
Un antiquísimo reloj de pared inglés del año 1750 era su próximo objetivo a fotografiar, el péndulo estaba quieto en el centro del mismo y las agujas marcaban las doce en punto. Preparó todo, apuntó y disparó, sacó el negativo, cerró el local y corrió hasta lo de su amigo para que urgentemente le revelara el material, esa foto que le quemaba las manos; se sentó a esperar a que la misma estuviese lista y quiso verla aunque todavía estuviese mojada por el líquido revelador.

Sus ojos brillaron al contemplar esa imagen, las manecillas del reloj marcaban las siete y quince, el péndulo estaba recostado sobre el lado izquierdo, o sea que estaba funcionando y a la derecha se hallaba un barbado caballero con pantalones tipo bombilla de tono oscuro y una chaqueta que dejaba salir una fina camisa clara con volados y tenía su mano derecha apoyada sobre su corazón.
Le contó del suceso a su amigo y le propuso a éste ir a su negocio para que le tomase una foto a él porque quería saber de su pasado.
Llegaron e hicieron los preparativos y cuando todo estuvo listo, el disparador fue accionado sobre don Humberto por don Cosme quien al retirar la cabeza de abajo del lienzo de satén negro, vio que el hombre no estaba parado frente a la lente de la máquina. Lo llamó con voz fuerte y lo buscó pensando que aquel estuviera en el baño con alguna indisposición pero no lo encontró en ningún lado.
Retiró el negativo y se lo llevó a su negocio y en su sala de revelado se dispuso a trabajar sobre el mismo hasta que don Humberto apareciera y fuera a buscarlo; cuando la fotografía estuvo lista, la imagen de su amigo en ésta lo dejó helado; don Humberto yacía muerto dentro de un ataúd.
Don Cosme se puso como loco, no sabía qué hacer, regresó al local de antigüedades y revisó la vieja reliquia encontrando debajo de esta la cajonera donde halló el pequeño manual de instrucciones que aquella traía, lo abrió y al ver que la escritura estaba en latín; la llevó a la iglesia de Santo Domingo a pocas cuadras de allí donde el cura párroco del lugar le tradujo lo que tenía escrito el libro:
“Con ésta máquina fotografiareis todo objeto sin vida de cualquier material hallado o hecho por el hombre si queréis conocer su pasado y naturaleza del mismo; pero jamás fotografiareis a un ser viviente, humano o animal porqué conocería su muerte instantáneamente y nunca más lo volverías a ver”. Amén.

Autor: Daniel Jorge Tamburelli
♕Ángel Del Amor Argentino♕
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Fuente: www.dunken.org
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