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DETRAS DE LA NEBLINA...LA COLOMBIA QUE VIVIMOS

 
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Detrás de la neblina…
Lo que nuestra época les pide a las nuevas generaciones de ciudadanos no es que tracen una imagen de ella; queremos que den cuenta de su ayer y de lo que sucede hoy, comprometiéndose con la sociedad a la que se deben , recuperándose de la desorientación que sufren como consecuencia de la violencia endémica que padecemos y retomar, contra todo designio, el norte perdido por los errores cometidos por una clase dirigente inepta, opaca y agresora. Necesitamos, hoy más que nunca, portavoces, testigos e intérpretes de lo ocurrido y a visionarios de nuevas y sagaces Utopías.
Necesitamos gentes nuevas que hablen en nombre de esa trágica generación, la suya propia, que pasó de las aulas a la guerra fratricida directamente y, cuando no, a la la guerra primero y la crisis económica y social después. Gentes a quienes les arrebataron la inocencia y la esperanza de una vida digna y de un futuro mejor. Muchos de aquellos jóvenes no sobrevivieron a la contienda, y los que regresaron ha tenido que arreglárselas como han podido para sobre vivir, ultrajados por acogerse a una paz que no termina de llegar, aferrándose a un trabajo mal remunerado, a un partido de derechas o de izquierdas, a determinada manera de abordar el mundo, incluyendo en ella el crimen y el delito como medio de vida. Otros , seguramente los más débiles, los más vulnerables, pero también muchas veces los más valiosos, siguen sin encontrar su sitio cuando ya han pasado décadas de dolor y angustias. Son conscientes de su incapacidad para cerrar los ojos y zambullirse, sin analizarlo mucho,en una corriente , cualquiera que ella sea, y dejarse arrastrar por ella. Son millares los que todavía andan buscando alguna compensación por la traición de la que fueron objeto, por la fe juvenil que perdieron, por el futuro que les arrebataron. Necesitan, para reconciliarse con el mundo que padecen, entrar en cuentas consigo mismos para forjar una relación transparente, sincera y honesta con esta nueva época tan falta de transparencia. Para estos desarraigados, para estos nómadas internos que no conocen su patria, es muy difícil hacerlos soñar con nuevas esperanzas. Van de
Fuga en fuga, de un lugar a otro, de clase en clase, de partido en partido, sin aferrarse a nada y sin desprenderse del pesado fardo que les han legado, no una epopeya heroica sino una inmensa tragedia, el drama de quienes tienen que seguir viviendo con el mismo corazón de antes en una época y en una tierra en la que ya no hacen pie, que creen que no les pertenece. Buscan una patria y no la encuentran, viajan a cualquier lugar, a cualquier país y no se encuentran; recorren todos los países, tratan de integrarse en todas las clases, partidos y grupos, adaptándose a sus normas, a sus costumbres, pero no lo logran, todo es en vano. Unos son comunistas; otros, radicales de derechas o liberales o libertarios; pero todos buscan algo que dé sentido a su vida y esto los convierte, de algún modo, en hermanos, los desheredados de la tierra. Éstos personajes despiertan a una realidad siniestra, amenazadora, miran la vida con desconfianza. No se dejan engañar, pero, en secreto, envidian a los que sí lo hacen, a los que se dejan llevar por las ilusiones, a los que se apoyan en sus creencias, a los que siguen determinadas consignas políticas o a los que entregan su vida a un proyecto con el que esperan alcanzar el éxito. Observan la realidad bajo el prisma del recelo, que ha ido puliéndose a lo largo de los años y cuyas aristas son demasiado agudas para no
contemplar con dolor lo que sucede, para no calar inmediatamente la mentira, sobre todo cuando les afecta directamente. Esa mirada atenta, sobria, vigilante, puede resultar angustiosa, lo admito y me desconsuela ; no queda ninguna salida, no hay lugar para los sentimientos ni para la esperanza.
Es obvio que la generación de hoy necesita reafirmarse, reforzar sus convicciones, y su instinto de conservación le anima a apartarse de los que denuncian abiertamente su desconcierto, su falta de seguridad, que silencian su confusión interior gritando consignas políticas, no saben ni quieren saber cuántos de sus compatriotas volvieron de la guerra con el alma herida, con su porvenir truncado, cuántos se esconden detrás de las puertas y de las ventanas de las casas vecinas atormentados por la sensación de vivir en una época que no es la suya, y lo que puede suponer para ellos encontrarse de pronto con un retrato de su alma, con una historia que refleje sus luchas más secretas.
Éstos personajes no saben adónde encaminar sus
pasos, han concluido sus años de peregrinación y de aprendizaje sin llegar a ninguna conclusión, han acumulado conocimientos y experiencias, pero, en esta Fuga sin fin, ninguno llega a encontrarse a sí mismo, no acaban de entender quiénes son y cuál es su lugar en el mundo. Es por ello que urge conseguir una paz duradera así ella conlleve una serie de sacrificios legales que parecen i asumibles, pero que, sin ellos, estamos todos condenados, como sociedad, al fracaso permanente, a permitir que las nuevas generaciones de ciudadanos se anclen en un pasado aciago y pierdan, para siempre, el vagón de un futuro promisorio, de nuevas esperanzas y nuevas utopías.
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