El silbido de mi abuelo

 
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 El silbido de mi abuelo

Fotografía de © Robert Doisneau, L'information scolaire, Paris,1956


09 enero 2026

- Yo no era más que un mocoso (y lo digo en el sentido más literal, porque mis achaques otorrinolaringológicos venían de serie), y aun así, con apenas ocho años, ya me mandaban a hacer recados por las tiendas que rodeaban Santa María del Mar. Mi abuelo, con esa mezcla suya de autoridad y picardía, me daba siempre la misma instrucción: “Compra lo que pone en la nota y diles que luego ya pasará tu abuelo silbando”. Y yo, sintiéndome un hombrecito investido de misión, me lanzaba calle abajo convencido de estar cumpliendo un deber de adulto.

- El ritual siempre terminaba igual: el tendero del Ultramarinos llenaba la bolsa, yo soltaba la frase del silbido, y él estallaba en una carcajada tan desbordada que parecía que alguien le estuviera cosquilleando la planta de los pies con una pluma. Yo volvía a casa desconcertado, y mi abuelo, al escuchar mi relato, se reía igual o más que el tendero… y me abrazaba. Yo no entendía nada, pero me contagiaba de aquella alegría. Me sentía un hombre, sí… y ahora que ya casi lo soy de verdad, puedo reírme de aquello sin que nadie tenga que recordármelo.

- Con el tiempo (y gracias a las ventajas de ser el pequeño de tres hermanos, dos de ellos brillantísimos), mis Padres y, cómo no, mi querido Abuelo, fueron colocándome delante pequeñas pruebas que debía ir superando. El Fuerte Apache de Reyes del 56 me cayó por ser un alumno aplicado en Primaria, y el balón Matollo (ese que cuando despejabas o rematabas de cabeza te dejaba marcado en el cráneo los cordones del cierre), llegó cuando terminé el Bachiller Elemental en el 63 con un NUEVE. Nada venía regalado. Todo tenía su precio en esfuerzo.

- Siempre quise ser mejor. Siempre fui inquieto, vivaz, con esa necesidad casi física de sentir que la vida empuja. Ansias de vivir… qué expresión tan grande, tan cierta. Y ahora, cuando reviso mis propias contradicciones, solo puedo decir: “Cuán lejos… y cuán cerca. Nunca estuve tan enamorado de cualquiera de esas dos opciones, tan distantes y tan próximas. Saber elegir cuál mirar en cada momento… quizá ahí esté la verdadera sabiduría".


Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com
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