Imagen recibida de mi amigo Pere, que maneja la IA como el mismo Ildefonso Robledo
04 noviembre 2025
- Hay sensaciones que no se pueden evitar. Anclado en la silla del “no salga de casa, ni haga esfuerzos en una semana”, me asomé, una vez más, a la ventana de mi despacho. Afuera, la lluvia comenzaba a dibujar el otoño sobre el cristal, y en ese lienzo húmedo apareció, como cada mañana, la niña del uniforme colegial junto a su abuelo. Se sientan en el banco del parterre, hablan largo y tendido, como si el tiempo no les apremiara.
Pero hoy algo fue distinto.
- Mientras conversaban, la niña señaló un rincón del césped. Se levantó con decisión, caminó hasta allí y recogió con delicadeza lo que parecía y era, un pajarito herido. Lo acurrucó entre sus manos, pidió un pañuelo a su abuelo y lo envolvió con ternura. No cesaba de acariciarlo, de susurrarle palabras que sólo ellos dos entendían.
- Luego, como quien sabe que el amor también se da en forma de pan, sacó de su mochila un bocadillo envuelto en papel de plata. Lo desmenuzó en trocitos diminutos y comenzó a alimentar al pajarito, que comía con torpeza pero con hambre de vida. Diez minutos después, aún entre caricias y calor humano, la niña se levantó, retiró el pañuelo, besó la cabecita del ave y la lanzó al aire.
- El pajarito voló. Con fuerza. Con alegría. Y la niña corrió tras él, despidiéndolo con los brazos abiertos.
- Al marcharse, la niña se volvió hacia mi ventana, me señaló desde la distancia, llamó la atención de su abuelo y me saludó con la mano. Yo, sorprendido y conmovido, respondí con un gesto tímido. Y me quedé pensando… ¿Por qué me habrá saludado? Tal vez lo más hermoso sea aceptar que no hacía falta un motivo. Cerré la ventana. Hasta mañana.
¿Qué enseñanza podría dejarme esta escena?
- Esta pequeña historia encierra una enseñanza tan grande como sencilla: la compasión no necesita edad, ni permiso, ni explicación. La niña no dudó en actuar, en cuidar, en dar lo que tenía (su tiempo, su comida, su ternura), a un ser indefenso. Lo hizo sin esperar nada, sin que nadie se lo pidiera, simplemente porque su corazón le dictó hacerlo.
- Y al final, ese gesto de despedida hacia mi, es quizás el más revelador: cuando uno actúa con amor, el mundo responde. A veces con un vuelo inesperado, a veces con una mirada cómplice, a veces con un saludo que no necesita razón.
- Viviendo situaciones así, creo que aún es posible la salvación del mundo que viene.
Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com