19 octubre 2025
- Hay días en que no hace falta caminar para viajar. Basta cerrar los ojos y dejar que la memoria trace su mapa. Entonces aparecen, uno a uno, los lugares que me han hecho ser quien soy: la cafetería del descafeinado, la panadería donde el pan aún olía a infancia, la tienda de frutas que parecía un poema de colores. Aquella esquina frente al quiosco donde, en 2017, la vida me recordó que también se puede caer con dignidad. Y el mismo quiosco, claro, donde los veteranos nos reuníamos para hablar de nuestras pequeñas victorias: al amor, a la Hacienda Pública, y a la costumbre de seguir soñando.
- Paso por delante de las obras que dirigí, y aún me nace el orgullo de poder decir, como entonces: “Esta obra la hice yo”. Lo digo para mí, para el peón, para el oficial, para el encargado, y para ese yo que aún camina conmigo. Me siento en los bancos frente al mar, donde el viento me saluda como un viejo amigo. El cajero de Fontana, mis mil fotografías de siempre lo mismo, pero nunca iguales, porque la luz cambia, porque la señora del bastón pasa distinta, porque el perro de Arquímedes ladra con otro tono, porque el fontanero de la Playa silba otra melodía.
- Todos esos lugares me han dado felicidad profesional, social e íntima. Me han enseñado que el sol puede nacer al ritmo de la memoria. Y que, incluso sin estar allí, puedo volver. A veces, muchas veces, me basta cerrar los ojos.
- La nostalgia no es pecado. La felicidad, menos. Y ambas, cuando se montan en mi barco de la imaginación, me hacen sentirme vivo, transparente, cansado, pero activo. Y, a veces, lúcido.
- Como dijo el gran Albert Camus: “La felicidad es la mayor de las conquistas, la que hacemos contra el destino que se nos impone.” Y yo añado: vivir es un lujo y por ello me siento bien gritando que hay que enamorarse de la vida, abrazarla y no soltarla hasta que me/nos obliguen. El amor me hace fuerte. La imaginación, me sostiene.
Fuente: elcaminoseestrecha.blogspot.com