Los olvidados

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 Los olvidados


14 octubre 2022

No llueve hace más de un año. El polvo ha cambiado el color del cielo y de las pocas hojas en los árboles que resisten la sequía. Ha cambiado el tono de piel de todos en la aldea. Parecen más blancos.

Los cultivos se quemaron por el sol y el agua vale más que el oro en esta parte del planeta. Eso repite mi padre varias veces al día.

No me acuerdo cuándo fue la última vez que me mojaron los labios con ese trapo que cuelga seco del balde. Mucho menos recuerdo la vez que me tocó beber un vaso entero. Esa sensación de vida fresca entrando a mi cuerpo, abriendo paso a la conmoción del alivio ya olvidado, hidratando cada rincón reseco de mis órganos; hasta escucho el crujiente llegar del agua dentro mío en un sonido inolvidable.

Camino una hora cada día para cargar dos baldes del único grifo por donde aún sale agua. Es una pelea porque algunos quieren llevarse más ración de lo que permiten por familia. Dos veces me los quitaron. Los ladrones llevan navajas y agujas oxidadas para amenazarnos a los que vamos solos. Somos presas fáciles para ellos. Mis padres no pueden acompañarme porque están débiles y viejos. La última vez que me quitaron el agua, una vieja me llamó para consolarme. Cuando me acerqué, me dio un hierro punzante, como un cuchillo cilíndrico, y me dijo que lo llevara para defenderme mientras me obsequiaba un poco de agua.

No estoy temblando. Lo que ven debajo de mi piel son los latidos que aún le quedan a mi corazón. También puedo contar los huesos que sostienen la mitad de mi cuerpo. Costillas creo que se llaman, son largas y flacas y están acostadas alrededor de mi panza.

Es el hambre que se apodera de nosotros y deforma los cuerpos, dice mi madre mientras sonríe apagada.

Toda su piel es un dibujo resquebrajado por la sequía, el trabajo incansable, el poco alimento que ingiere y el mal descanso. Tiene surcos donde se instala la tierra y marca las líneas de sus arrugas con más definición que la sombra al mediodía. Está triste porque mi hermanita está enferma. En los pies, en sus pequeñas piernas e incluso en la cara, la piel se le desgarra, pero ella no se queja, no dice nada.

No hay médicos en la sala hasta dentro de un mes y esas no son noticias buenas. Este lugar es alejado, marrón y pobre ¿Quién querría venir a perder días aquí? Hay lugares en el planeta donde los días mueren el mismo instante que nacen, si es que nacen.

La sequía nos viene azotando sin tregua. Nos viene matando lento, agónicamente lento. Ni siquiera puedo beber lágrimas porque ya no salen.

Aquí nadie sonríe. La falta de agua es una plaga que se adueña de los campos, de las cabras, de mi perro y pronto, se llevará a mi hermana. Ella no dice nada, pero sabe.

Desde el horizonte desértico escucho el viento y alucino con grandes nubes que se acercan a lo lejos entre la desdibujada y movediza superficie que se eleva por el calor extremo.

Nadie viene a ayudarnos y estamos muriendo. Nadie desentierra muertos en un cementerio.

Antes que muera el día invento una sonrisa para mi madre que exhibe una, dibujada hace tiempo. No es porque quiera sonreír, es porque está tan delgada que la piel de su rostro le estira los costados de la boca, dejando ver sus dientes blancos al igual que sus encías. Parece que evoca a la muerte con felicidad, pero el cauce seco de lo que fue una lágrima desmiente la idea al costado de su cara.


Relato de la Antología «Dentro de mi». © 2021.



Fuente: veccapreetz.com
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