En política, las tramoyas son unas sogas con las que se levitan los entretelones del delito,
encontrándoles entre los recónditos teatros donde se preparan los mejores artistas
del espectáculo de una corrupción generalizada, normalizada, naturalizada
e institucionalizada, quienes les harán, a través de los congresos, asambleas o consejos,
los robos más asombrosos y atrevidos a los erarios,
sean estos nacionales, regionales, locales o generales, y en Colombia,
tenemos a los mayores exponentes del arte del engaño,
siendo casi todos ellos unos expertos embaucadores, quienes,
como artistas y tramoyistas de las más sofisticadas mentiras, dentro de una truculenta obra,
se especializan en mantener elevando y bajando las cuerdas de los telones,
sobre los escenarios en los que se realiza la descomposición ética y moral de toda sociedad,
matizándolos de bellas palabras en sus atractivos discursos, como encantando serpientes,
realizándolos ante a una comunidad sumisa, que los mira estupefacta,
sumida entre la pobreza intelectual, emocional y social que tanto las caracteriza.