Toneladas de residuos contaminantes, desde orgánicos hasta nucleares,
se acopian en sitios supuestamente desnudos de vida,
identificándolos como abismos abisales o incluso simas deleznables,
siendo en ambos casos territorios demenciales,
descreyéndose infectar, con ellos, la piel que contiene un planeta agredido,
dejando bajo de sí, y sin opción de reacción, a las generaciones futuras,
las cuales, sin haber nacido, ya reclaman con fuerza su destino.
Las actuales sociedades, compuestas por una especie totalmente descarriada,
conteniendo, entre ella, a muchos seres descarados,
no alcanza, ni tampoco quiere comprender, ante el lavado de sus cerebros,
que se debe desprender de los modelos de progreso adquiridos,
porque el espacio destruido no posee tiempo asumido,
dejando sin piso la argumentación de quienes insisten en hacer cambios insulsos,
cuando la realidad del momento y del lugar exige reformas extremas e inmediatas,
pues el efecto de las retaliaciones naturales sobre las acciones humanas
se multiplican espacialmente sin condicionamientos temporales ni cronométricos.