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!! Un doce de octubre, año del Señor¡¡

 
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!! Un doce de octubre, año del Señor¡¡


Ese día no llegaron hombres, arribaron bestias. En su mano la espada y entre sus barbas escondida la sotana. Y entre el acero y la mentira su asqueroso deseo de especies y oro.

Llegaron silentes empujados por las olas, expectantes de tierras y riquezas. Encontraron eso y mucho más, se toparon con paraísos de arena y Sol que más tarde teñirían de rojo y dolor. Sus colores favoritos en los cuales montaron su telar de historia.

No bastó el oro, la tierra, el trabajo, la mita o la vida misma. Ese doce de octubre inició una historia de terror. Nos impusieron la biblia como un texto sagrado, el idioma español como la lengua culta y civilizada. Cambiaron plumas por harapos, vientos por cadenas, ritos por ceremonias y piedras por estiércol.

Ardieron Reyes... Mancillaron reinos mientras de sus babeantes cobrizas chorreaban llagas y pestes.

Fueron Diego de Landa y Pizarro un accidente oscuro en la historia de América. Héroes que todo cuanto tocaron lo transmutaron en cenizas de las cuales nunca renacería esa vieja gloria perdida.

Tenochtitlan se hizo Roma vencida, humillada, golpeada y lacerada. Sus canales derruidos se agolparon en aguas que ahogaron su grandeza mientras el estiércol campeaba impune por sus calles inundadas de gritos y desolación.

Se hizo lenta la noche sangrienta, cubierta de lunas tristes y soles muertos. Entre
sempiternas lágrimas se cavaron sus sepulturas de plumas y penachos. Los días de gloria se volvieron pesadilla al paso tenebroso de esas sombras perversas y pervertidas.

Se atizaron fuegos y hogueras para los herejes que adoraban al Sol y bendecian la tierra. Los tres puntos de la nueva tierra se hicieron caminos polvorientos para sus propios hijos.

Condenados al fango, a deambular por mil años tras su propia sombra, seres fantasmagoricos sin ojos en su rostro y sin huellas en sus pasos. Caminos invisibles que habitarán todos los infiernos posibles de la tierra americana.

Condenados a nacer en las calles, a parir en el fango, a deambular una y otra vez por ese espacio que se esfumó entre carabelas y arcabuces. Sentenciados a una eterna pobreza que les convierte en parias de su propio reino. A vender su carne y su espíritu como única y última opción de vida, llagas errantes a las cuales se nos hace imposible contemplarlas en días de gloria y esplendor.

Figuras tristes de la calle, hambrientas y menesterosas siluetas hiladas con sombras y olvidos.

Fue un doce de octubre. Fecha de una condena que hoy nos convierte en penumbras de memoria por cuanto no sabemos si somos hijos de la perversidad o descendientes de los vencidos. En nuestro rostro se pinta la espuria barba que nos vuelve cómplices. En nuestras venas corre rauda la voz de esos pueblos que sucumbieron ante la caricia poderosa de una nueva raza.

Ya no quedan imperios, solo tumbas. Y en ellas el vacío de nuestros huesos que claman justicia a una historia convertida en bufón de reyes y palacios.

Aún así, somos mito y leyenda convertidos en ánforas de memoria e historias que continúan tejiendo rebeldías y rebeliones. Tumbas de las cuales un olor de renacer hiede para recordarnos que somos hilos invisibles de ese telar, una voz que se vuelve cascada en esta tierra donde los reyes ardieron en trozos de árbol. Quizá aquí inicia, en ese follaje de madera, la mirada donde el sueño y la realidad se dan un abrazo para saberse y encontrarse como un solo rostro oteando hacia infinitas posibilidades.
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