18 noviembre 2018
Salir a la calle con 6°C en mi pueblo es como hacerlo a 50 bajo cero en Moscú pero si entras en el Ateneo de inmediato y sin, siquiera, echarle la vista a marejada alguna, no sea que te conviertas en estatua de hielo, ahí te encuentras con el calor hiperactivo de la renovada calefacción y la que ofrecen esos enormes tipos y tipas que forman el círculo de lectores de nuestra vida virtual. Cualquier aberrante y hasta atorrante compañero de madrugada, café en mano y copa de brebaje perverso en otra, puede regalar opinión sobre cualquier cuestión, causa o ideal aunque, eso sí, siempre cambiante pues la opinión fija supone compromiso y conocimiento de causa y eso … ay, eso es lo que más o menos, abunda por ese calefactado territorio.
Uno de los más tortuosamente afectados por la festividad del día, (por fin es domingo y la familia vendrá a verlo para que se quede con los nietos hasta esta noche), es Pedro – un chico de Villena que sólo come chuletones de vaca y panceta asada con pan tostado – que para celebrarlo se pone a cantar bien temprano la canción esa de los “Teen Tops” que habla de … “siempre confidente fui, si de secundaria voy …”, (o algo así), y se coge a la niña de la cofia y minifalda negra y la hace danzar como una peonza al más puro estilo rocanrolesco.
Otros van divagando sobre la Tercera República en ciernes, sobre la paliza que le va a dar al Alcoyano y los menos lo hacen sobre el flujo del agua marina en el Sáhara Occidental, pero la nota brillante del día la vuelve a dar nuestra adorable y bella sesentona, sí, nuestra Matilde ha venido a vernos para contarnos que superó el segundo ciclo de su radioterapia y que ya empieza a olvidarse de su maldito cáncer de mama; que es su cumpleaños y que para mostrar su felicidad invita a todos a una copa de Pacharán. La mayoría se ha levantado a abrazarla, a besarla y otros hasta la han puesto de pie encima de la mesa del fondo para que bailara, cantara y para que soltara un discurso. La bella, finalmente, ha aceptado lo de soltar unas palabras y tras unas segundos de duda y ante un sepulcral y milagroso silencio, ha pronunciado siete mágicas palabras: “Chicos, gracias … estoy viva ¡Viva la vida!” … y lo que ya pasó a continuación no cabe aquí explicarlo, yo estaba llorando como un niño y no pude ni levantarme de mi silla … era un canto a la vida que me emocionó, me maravilló su forma de agradecerlo … gracias Matilde, tu discurso me ha sido muy necesario.
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com