Es habitual encontrarse, al caminar por las calles, chicos pidiendo monedas, limpiando parabrisas, juntando cartones o botellas.
Seguramente esto nos duele a todos y desearíamos tener a nuestro alcance la posibilidad de una solución inmediata para esta problemática tan cruel. Pero la realidad marca que es muy difícil responder como sociedad y obtener la abolición de la pobreza y el hambre.
Siempre se puede sumar, aportar. Todos tenemos en nuestras condiciones, siempre distintas, la ventaja de saber que algo de lo nuestro puede ser muy útil para otros.
Quizá muchas veces pensamos: "yo no puedo hacer nada"; "que se hagan cargo los políticos"; "la culpa no es mía".
Es momento de quitarnos los prejuicios, de dejar de creer que los problemas de la sociedad deben ser resueltos siempre por terceros, que nosotros debemos encargarnos de lo nuestro y pedir a la clase gobernante que actúe en favor de los pobres y los marginados.
Desde luego que las soluciones macro están al alcance de la economía nacional, no la nuestra. Pero cuando comprendamos que un abrigo menos para nosotros, significa repetir una campera el sábado en el bar, pero ese mismo abrigo, para otros significa poder dormir sin padecer el frío de la intemperie; que un alfajor que le demos a una persona que está en la calle, es un placer del que nos privamos para que ese otro, pruebe un bocado tal vez después de días sin haber comido, ahí estaremos dándonos cuenta que podemos poner el famoso granito de arena, para que, lentamente pero sin pausa, comencemos a construir un país mejor.