24 agosto 2017
– Él veia como ella se acercaba y se preguntaba si seria capaz de preguntarle cualquier tontería que la hiciera detenerse ante él.
– Ella lo veía venir, como si le conociera o la conociera, andaba él con paso titubeante y con las manos en la cara … ¿?
– Él decidió abordarla … y le preguntó … “Te reconocí … ¿Eres tú?”
– Ella se paró, sonrió, y le dijo … ¿Nos conocemos?
– Él, intentando superar su extrema timidez, sonrió, primero, y luego dijo: “Sí, estabas en mi sueño … ¿Me viste?”
– Ella puso uno de sus brazos “en jarras” y con una postura tremendamente coqueta le dijo … Ah, ¿Tú eras el chico del final de la barra, el que estaba mirándome con ganas de decirme que cinco sitios más allá era la diferencia entre estar en el infierno o en el cielo? …
– Y ella se puso a reír mientras hacia el gesto de continuar su interrumpido caminar, pero al mismo tiempo él la cogió tímidamente del brazo y mientras ella – infinitamente sorprendida, se volvía hacia él, mirándole con ojos coquetamente estudiados – él le dijo: “Sí, ese era yo … ¿Me viste?”
– Ella … y Él, rompieron a reír y … hoy, más de cincuenta años después siguen juntos tras una vida de incontenible felicidad, sentimiento mutuo de amor profundo y sinceridad en cualquier gesto que cualquier pareja perfecta pudiera o debiera, desear.
Esto no es un cuento de hadas o de princesas y príncipes enamorados, es sólo una historia más de las que me gusta contar donde expreso mi convencimiento en la creencia del amor duradero cuando éste existe en el fondo del rincón del alma donde se permite la tolerancia, la comprensión, donde se antepone el otro al uno, donde se piensa que el amor es algo más que ser sólo un culto al ego propio. El amor es algo más, mucho más … es sólo eso, amor, algo sencillo … algo, a veces, difícil de encontrar.
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com