La reintegración a su “estado primitivo”, y en los “derechos que él ha perdido”, el hombre no puede operarla por sí solo. Creerlo así sería volver a incurrir en el pecado de orgullo, similar al que provocó su caída. Esta reintegración exige la mediación de un ser, que a la manera del hombre, esté dotado de una doble naturaleza, por una parte material y por otra parte espiritual. Aquel no es otro que el Divino Mediador, el Cristo, un Reparador infinitamente poderoso para levantar al hombre de su funesta caída y restablecerlo en su primer destino.
e aquí porque al término de la iniciación masónica, lo que el Régimen Rectificado da a contemplar a sus miembros, no es un renacimiento, es la verdadera resurrección.