10 febrero 2017
Volver la vista hacia atrás sin dolor, notar la Feliz ingravidez del pasado, creerte que sobre tus pies no hay peso alguno, cerrar los ojos … y empezar a volar como ellas … todo un sueño.
Recuerdo que de muy chico mi Padre me llevaba casi todos los domingos al final de la escollera del Puerto y allí, junto al Rompeolas, tras un entonces larguísimo viaje en uno de esas preciosas barcazas de dos plantas - “Golondrinas” - me sentaba encima de la barandilla de piedra, frente al mar, y no hacía otra cosa que observarlas … me maravillada su incesante vuelo, sus asombrosos y ruidosos gorjeos, me sorprendía su vitalidad. Mi Padre sin que ni siquiera ahora pueda saber lo que pensaba, hacía lo mismo … mantenía la mirada en el horizonte sin mediar palabra alguna, solo y de vez en cuando, me ajustaba la bufanda al cuello y me daba dos palmadas en el hombro en señal de existencia. Yo, sin dejar de observarlas, le hacía siempre las mismas preguntas a Él … ¿Papá: Las Gavinas duermen? ¿Y si duermen, dónde duermen? - Papá nunca contestó a mis insistentes preguntas, solo se limitaba a sonreír y a darme palmadas en el hombro … yo, en una nueva e incipiente prueba de comenzar a creer en la existencia de los sentidos, me arrimaba a él y me abrazaba a su cintura como si fuera el último refugio de mi ansiada necesidad de saber.
Pasó el tiempo y hoy, casi sesenta años después, me gusta seguir observándolas, me gusta oír su maravilloso y nostálgico gorjeo, ver su majestuoso vuelo … pero sigo haciéndome la misma pregunta: ¿Dónde dormirán las golondrinas? ¿Podría yo dormir donde duermen ellas? ¿Podría llevármela a ella conmigo?
Fuente: etarrago.tumblr.com