16 noviembre 2016
Mi vista tropieza con casi todo. Quiero notar que mis ojos contienen plomo o algo parecido y ante la posibilidad de que los paisajes se me vuelvan invisibles, decido acelerar y que ninguno se me quede atrás.
Tengo la sensación extraña de que en mi recorrido han desaparecido árboles, de que muchos han podido ser talados o sustituidos por otros diferentes, pero el camino es el mismo, el que siempre ha estado ahí. Y no vale la pena que añore lo que dejé atrás. No vale la pena, porque si bien hay muchos rincones que me gustaría volver a visitar con el ánimo de recordar, el trayecto es solo de ida.
Y ha llegado alguien con un regalo bajo el brazo; unas gafas de realidad virtual. Insiste en que me las coloque, haciendo cierta la frase aquella de que se conoce mejor a quien se desconoce. Deseo darles un uso adecuado y me informa que las lentes activas se sincronizan con las imágenes superpuestas que tengo ahí delante, esas que llevo algún tiempo ignorando.
En las paredes oscuras de mis ojos voy percibiendo que la vida va apareciendo diferente. Y hasta creo posible que con estas gafas vea más cielo, más estrellas e incluso lejanos paraísos, esos que han estado presentes en muchos de mis sueños y que han distorsionado mi realidad.
Y sentir calor, y frío, y viento, y mojarme cuando llueva y no ir más lejos de lo que mi motor de de sí.
Original:
https://elcorazondelmar.wordpress.com/2016/11/16/ese-camino-esos-arboles/
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com