Conocí a Rubén Darío hace cerca de diez años en el INEM de Pasto, su pasión siempre fue el periodismo, se distinguió siempre por su innata vocación hacia todo aquello que significara comunicación. Con su timidez característica se acercó una tarde a solicitar hacer parte del equipo de comunicaciones de la Emisora Escolar; su profesionalismo nos dejó a todos con la certeza de estar frente a un periodista de larga y reconocida trayectoria. Desde entonces no abandonó los micrófonos, las cámaras y su emisora. Al poco tiempo ya era el maestro de sus compañeros, los alentaba a seguir adelante, a vencer su timidez, a expresar sus ideas y opiniones frente a un micrófono. No hubo poder humano para convencerlo de que su camino no era el periodismo y desde entonces se hizo el propósito de estudiar comunicación social y convertirse en uno de los mejores de nuestra región.
Con esfuerzo y sacrificio realiza sus estudios de comunicación social en una universidad local. Recuerdo como en una ocasión nos reemplazó en una de nuestras clases, acompañado de su gran amigo Henry, y con su testimonio de vida convenció a muchos adolescentes que la única batalla es la que no se da, que únicamente está vencido quien se rinde ante las dificultades de la vida. Arrancó algunas lágrimas y muchos aplausos para luego simplemente abrazarnos y llorar al recordar esos días en que renunció transitoriamente a sus sueños por falta de recursos económicos. Pero no se dio por vencido y con el apoyo de su familia y con su propio trabajo logró cristalizar el sueño de ser un profesional de la comunicación. En verdad que quienes conocimos a Rubén siempre admiramos su don de gente, su característica vehemencia para reclamar lo suyo, su voz altiva cuando de defender sus derechos y los de los demás se trataba.
Trabajamos juntos en muchos proyectos: en el periódico escolar, en el programa de televisión, en la emisora escolar, en el programa radial y en esa forma tan suya de preparar a los adolescentes para enfrentarse a un micrófono o a una cámara de televisión. Sin duda alguna era una de las mejores promesas de nuestra región. Hizo, radio, televisión, edición y era uno de los mejores libretistas que he conocido. Sus inquietudes lo llevaron al teatro representando a Nariño en muchos escenarios de Colombia. Pero también era un mago con los equipos, que armaba y desarmaba dejándonos perplejos y admirados de su habilidad, y siempre esa risa que a todos contagiaba y que nos alentaba a seguir adelante en medio de las vicisitudes.
Hoy nos sorprendió la noticia de su muerte, de su asesinato, en la puerta de su casa por un criminal que no merece si no el repudio ciudadano. Murió en plena primavera, siendo semilla y siendo promesa. Nos duele esa muerte porque en cierta forma es la muerte de una sociedad indolente con el talento de los jóvenes, la expresión taciturna del poco valor de la vida en Colombia. Únicamente nos resta exigir justicia, que unamos nuestras voces para clamar se nos restituya en ella la credibilidad en las autoridades judiciales. A su familia nuestras voces de condolencia, a sus amigos esperanza y resignación y a todos nosotros fe en la juventud para que no los dejemos solos y emprendamos juntos el camino de una nueva sociedad. Hasta luego, o hasta siempre Rubén… pero ¡!!cómo nos duele tu muerte!!! ¡!!Cómo lacera tu adiós!!!.
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