Yo y mi otro yo

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 Yo y mi otro yo


16 noviembre 2022

Los diálogos internos

Tenemos arraigada la idea de que, para que exista un diálogo deben interactuar dos personas o más, y no somos conscientes que el primer diálogo aprendido es con nosotros mismos. Esa conversación interna que entablamos en nuestra cabeza es el primer intercambio de ideas cuando algo no está bien, cuando algo nos parece malo, cuando nos sentimos injustamente acusados, etc.

Ese diálogo que nace en nuestra mente, se da entre un Yo que acepta y un Yo que rechaza lo que somos. Uno que sigue las normas correctas de la vida social y otro que desea transgredirlas o las transgrede. Cuando aprendemos a identificar cada una de estas dos voces es cuando comenzamos un cambio desde nuestro interior, dando prioridad y mayor escucha a aquella voz con la cual nos sentimos más identificados. No quiere decir que esa sea la voz correcta que debemos escuchar, se darán cuenta de esto por su implicancia en el círculo afectivo. Las voces más amables deberían tener prioridad dentro de nuestro mundo mental para poder estar receptivos y dar respuestas que resuelvan una situación, pero tenemos tendencia a lo negativo, por ende, la voz con volumen más elevado suele ser más reactiva y busca una salida desde la autocrítica, el victimismo, el enojo o la agresión.

Muchas veces a nuestro diálogo interno le falta amabilidad. Solemos ser irrespetuosos con nosotros mismos porque creemos que debemos ser perfectos. El punto está en quién dice que debemos ser perfectos. La mente autocrítica puede llevarnos a habitar ansiedades demasiado grandes para manejarla solos. Somos nuestro peor enemigo. Si tuviéramos consciencia de lo que impactan las palabras en nuestra mente, entenderíamos mejor el porqué muchas veces nos sentimos tan mal. Afectamos todo nuestro ser al indagarnos, culparnos, agredirnos con los pensamientos. Debemos aprender a ser más amorosos en la manera en que entablamos ese dialogo interno.

Interrogantes como: ¿Por qué se te ha ocurrido hacer esto?, ¿A quién le quieres hacer creer que puedes lograrlo?, ¡Qué inútil eres!, ¡No haces nada bien!, ¡Jamás vas a llegar!, etc., etc., etc. no debieran ser moneda corriente en nuestros pensamientos. Cuántas veces las repetimos con total desconocimiento de lo profundo que podemos lastimarnos. El problema no es que sentir rechazo por algo en nosotros, el problema real está en cómo manifestamos ese rechazo, qué palabras utilizamos para hacerlo y qué emoción le inyectamos a esas palabras.

Por ejemplo, no es lo mismo, tras haber comentado algo indebido acerca de alguien, decirnos palabras como: “Qué estúpido soy, por qué no pensé antes de abrir la boca, te vas a quedar sin amigos actuando así”, a decirnos mentalmente: “Ay, qué metida de pata, cuando me encuentre con esta persona le pediré disculpas”.

En estas dos frases hay diferencias abismales para nuestra salud mental: en el primer pensamiento, basamos las palabras en el desprecio por el insulto utilizado y luego la incomprensión del por qué elegimos esa reacción. En la segunda respuesta, hay un reconocimiento del error y una respuesta para remediarlo.

Quizás nos es más complejo ser amables con nosotros por la falta de empatía que existe hacia nuestra propia persona. Solemos ser perfeccionistas, nos comparamos todo el tiempo con los demás y nos juzgamos de manera injusta y cruel en vez de darnos la oportunidad de errar, por el simple hecho de que somos humanos y aprendemos desde nuestro reconocimiento.

Cuando elegimos dañarnos con los diálogos internos es porque hay inseguridad y desconfianza en nuestra respuesta.

Es muy importante establecer diálogos amables y respetuosos con nosotros mismos para poder establecer diálogos con las mismas características en nuestro entorno afectivo y laboral, de este modo lograremos construir relaciones más fuertes, agradables y comprensivas.

Todo cambio comienza desde adentro. Nunca olviden esta frase.


Fuente: veccapreetz.com
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