Fotografía de Henri Cartier-Bresson
25 noviembre 2018
Que la canción de moda diga que la conoció en un taxi o eso de "Baby hoy no vamos a dormir" o que se oiga entre los más incipientes descubridores de la presencia de pelo púbico en su cosa, que la justificación a la infidelidad se resuelve con el “déjame que te explique … no fue nada, sólo fue sexo”, esas cosas hacen que me acuerde de mis épocas de pretendiente de amores imposibles en aquella Sala de la Plaza Sanllehy, el Estéreo, lugar de perdición juvenil de la Barcelona juvenil de los 60, donde bailábamos alocadamente al ritmo del “Love me do” o acarameladamente con el “Stand by me“, donde meter pierna, rozar cara o notar el frente pectoral de la guapa de turno era un verdadero logro. Esas cosas, todas ellas, me hacen asegurar que el reloj de mi vida no es que no se haya parado nunca, no, creo que además de no estarse quieto jamás, es que ha utilizado una goma de borrar para eliminar de las costumbres sociales muchas de esas cosas que me parecían extraordinariamente innovadoras y que, por contra, a mis Padres les parecía la llegada del apocalipsis.
A veces, no sé si equivocadamente, creo que un día hubo un mundo, un tiempo, en que amábamos apasionadamente. Por eso cuando abro la ventana del mío me duele no saber verlo fuera de él … lo peor o quizás sea lo mejor, es que mi padre igual pensó lo mismo en su momento.
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Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com