09 septiembre 2016
Me senté frente a él e inmediatamente empezó a contarme cosas … sus cosas. Igor, (Aigor para los amigos), recordaba sus tiempos en la Rusia más fría y tras un par de copas de Ron Barceló a pelo, contó que había dormido en un apartamento de El Campello con una chica de Rumanía que sirve copas en un bar de lucecitas en la carretera a La Vila … “casi me muero, Enrique, pensé que era como la hoja de un árbol. La chica que es poeta y escritora de profesión, al margen de sus alegrías nocturnas, me dijo: “Aigor, tú eres para mi como la hoja perenne del árbol de mi jardín … nunca verás el final del otoño” … y yo me acongojé tanto que salí corriendo sin apenas despedirme. Lo peor fue que al salir pasé por delante del dichoso árbol y me vi allí … colgado por los pies. ¿Será una premonición, Enrique?“
Cogí a Aigor por los hombros, le dije … ¡mírame, Aigor! … ¡no bebas más, leñe! – Entonces Aigor se puso a llorar y a soltarme baba y lágrimas en mi hombro pues se abalanzó sobre mi como pidiendo un abrazo ante el que yo, lógicamente, no pude negarme. Cosas de la madrugada … quizás deba madrugar menos.
Fuente: enriquetarragofreixes.wordpress.com