Con que poco se puede hacer feliz a quien no tiene nada

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Con que poco se puede hacer feliz a quien no tiene nada

.................................................... Fotografía de Murad Osmann

14 marzo 2018

Manuel es un simpático, afable y gris setentón, que vive como nació, es decir, solo y soltero. Sus padres le abandonaron en la puerta del Convento de la Plaza de las Monjas y su vida discurrió, hasta que cumplió los 21, en centros públicos de protección y tutela de menores. No sabe siquiera en que año nació, solo sabe que Sor Lucía, la monja que lo encontró, siempre le contó que era un día 13 de un mes de invierno del 40 o el 41, y nadie supo decírselo con exactitud porque el registro civil donde fue inscrito sufrió un pequeño incendio en los 50 que acabó con su historial. Manuel, ahora, tras una vida ejemplar como empleado de la empresa del aluminio, le jubilaron con honores pero como si se hubieran desprendido de un musgo a una roca, se olvidaron de él.

A Manuel le ha quedado una pensión de unos 800 € y unos 30.000€ que heredó, hace ya unos años, de Sor Lucía cuando esta murió, que, igual que él, vivió, sin más familia que su ropaje. Atiende en la Iglesia de su barrio en las cosas de la limpieza y quehaceres varios y no tiene más amigos que los que le saludan y comparten oficios en la Iglesia y los que le vemos durante las noches de los fines de semana en esas vitales conferencias de la vida nocturna de los locos por la tertulia sana, la buena música y el baile. Manuel se ha hecho un hueco entre un grupo de simpáticos aprendices del baile de salón y le dejan sentarse entre ellos mientras le sirven una extraña mezcla de café, zumo de tomate y un licor del que ignoro cualquier procedencia pues su nombre no consigo reconocer sea de marca conocida alguna. Manuel se muestra correcto, tímido, tiene una culta, aunque parca, conversación y sonríe siempre a cualquiera que se le acerca a preguntarle o a contarle algo. Ayer, precisamente, una de sus inconfesadas amadas, una bella sesentona, de sonrisa embaucadora y gran amante del bachatango, se levantó de su silla y al estilo de los mozos en los bailes de los 50, le alargó la mano en señal de pedirle un baile, ante lo cual el movió, a modo de sorpresa, la cabeza de un lado a otro como intentando convencerse que la oferta era para él. Bailó con ella como si tuviera veinte años, rió como nunca lo había visto en él y noté que su cara cambió cuando la música dejó de sonar. Ella, la bella bailarina, lo acompaño hasta su silla y no le soltó la mano hasta que se aseguró de que Manuel estuviera bien sentado. Manuel la despidió con un agradecido movimiento de cabeza y se quedó, allí sentado, con una poco conocida cara de felicidad sin que esta vez tuviera que fingir cordialidad o su clásico saber estar. Quedé perplejo, observándolo, pretendiendo que le regalara parte de esa felicidad que derrochaba a otros que en su lugar no podían disfrutarla. Me acerqué y sin que yo le dijera nada me dijo … “Felicítame, Enrique, hoy es mi cumpleaños” – Entonces, justo entonces, me acordé de aquello que siempre me decía mi Madre cuando yo era un niño y que para mi fue siempre como una norma de comportamiento, como un reclamo vital: “Con qué poco se hace feliz a quien no tiene nada”.


Fuente: etf1949.wordpress.com
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